I. FERNANDEZ COMENTE Y SUS PRECURSORES
“(…) Si no me equivoco, las heterogéneas piezas que he enumerado se parecen a Kafka; si no me equivoco, no todas se parecen entre sí. Este último hecho es el más significativo. En cada uno de esos textos está la idiosincrasia de Kafka, en grado mayor o menor, pero si Kafka no hubiera escrito, no la percibiríamos; vale decir, no existiría (…).El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro.(…)”
Estas palabras de Borges sobre Kafka iluminan o esclarecen un rasgo fundamental de Primaveral. Por claras y por sintéticas son mucho más útiles que mis propias palabras: Primaveral, en más de una manera, echa luz sobre obras anteriores a ella. Las esclarece, genera nuevas lecturas. Si me propusiera trazar un árbol genealógico o una línea temporal de mis lecturas, la novela setentista del maestro se ubicaría a mitad de camino entre Rayuela de Cortázar y Ulises de James Joyce. Primaveral es un poco las dos novelas, la síntesis, el recodo. Yo conocía Rayuela antes de conocer incluso el nombre Fernández Comente, pero debo admitir que la lectura de Primaveral propició una relectura fresca y renovada de la obra de Cortázar (y esto por no mencionar Libro de Manuel, con el que Primaveral tiene una relación, pero sobre el que echa tierra, lo sepulta para siempre, en el mausoleo de las obras menores). Una relectura y un redescubrimiento, un recorrido con el entusiasmo renovado. Muchos recursos de Rayuela, el sentido de muchas de las cosas que cuenta y que me habían pasado por alto en la primera lectura, fueron esclarecidas por la obra del maestro. Asimismo, no hubiera soportado la lectura de ni siquiera dos páginas del Ulises, si no hubiera leído antes Primaveral.
No son las únicas obras sobre las que la novela que hoy presentamos echa luz. No se puede reconocer en la escritura del maestro “la angustia de las influencias”. Hace uso del material precedente y utiliza todo aquello donde mejor encajan las ideas ejes de su propuesta, para construir una parábola generacional. En esa dimensión generacional hay que encontrar también la explicación de la elección de muchos de los textos con los que dialoga Primaveral. Rayuela, El Eternauta, las canciones de Charly García, Víctor Heredia, León Gieco. Estas son algunas de las referencias culturales para hombres y mujeres de la generación con la que a priori la novela intenta tender un puente: la generación sobreviviente. No menos significativos en ese sentido son los personajes que circulan por la vasta geografía de la obra: los músicos antes nombrados, David Viñas, Cipe Lincovski, Tato Pavlosky, Piero, Pino (no se por qué, después de la gracia que despliega el maestro sobre estos personajes, nadie aún tuvo la idea de crear una dupla cómica que se llame Piero y Pino), y tantos más.
El maestro utiliza todo ese material preexistente y lo redirecciona hacia el espacio de la parodia y la crítica cultural. No sólo tienen el sentido de contraseña cultural del que hablábamos antes, sino también que esos discursos son recreados para ponerlos en cuestión, para interrogarse sobre su sentido de preceptores o palabras mayores.
Recorre en su estructura narrativa todas las formas de la reescritura: citas, alusiones, plagios, parodia, paratextos (el apéndice fotográfico es una obra en sí misma y se conoce que fue publicado en forma independiente por el propio maestro en una edición artesanal vendida en subtes y colectivos y finalmente en la puerta del teatro San Martín por esa señora conocida por todos, agitadora literaria y ex compañera del maestro). Su obra hubiera sido para los post-estructuralistas un tratado sobre la reescritura en sí misma. Fernández Comente echa luz también, entonces, sobre los post estructuralistas.
De todo ello sale bien parado el maestro. Sólo sus detractores más acérrimos (y sabemos que, en la biografía de cualquier personaje, los detractores más acérrimos, seguramente, conocen la verdad, pero mienten invariablemente, quién sabe con qué motivaciones) han criticado un supuesto abuso de los hipotextos, incluso han llegado a la fábula (que nunca se han molestado en justificar o demostrar) de que ni una sola línea de la novela pertenece al maestro, ubicándolo en el lugar de un simple compaginador.
Basta leer unos pocos párrafos para sentir el aliento del sentido del humor único del maestro, el pulso vital y poético de su prosa, algunos de los temas que siempre lo han inquietado. Sólo él podría haber inventado la aventura de los exilios psicodramáticos, sólo él posee el valor y la genialidad para escribir el sueño lisérgico con Videla.
En ningún momento de este colage se siente ningún tipo de tensión por intentar despegarse de sus influencias, de sus amistades literarias, en ningún momento se percibe un intento arrebatado por intentar modificar el sentido de una alusión o una cita para que no sea reconocido su texto precedente, para que no se sienta la respiración de sus precursores. Y eso, no sólo es un acto de honestidad, sino también de valor.
La multiplicidad de géneros y discursos que se cristaliza en Primaveral es la marca de toda su producción. En la ya clásica disputa entre los críticos analíticos que propone que su obra es el producto de varios autores, y los formalistas que defienden la autoría única e indiscutible del maestro (sobre todo sus seguidores), el tema de la multiplicidad formal y de estilos que van desde libros de recetas o manuales para crear armas caseras o desarmar fusiles hasta tratados filosóficos, ha sido tomado por unos y otros como argumento (en unos casos de la incongruencia, en otros de la magnificencia y la genialidad, vaya paradoja). Recordemos que Borges, en un artículo perdido en un diario del interior (algo dirá de la cobardía de Borges el hecho de que lo publicara en un lugar donde difícilmente tomara estado público), afirma: “esos escritores menores que llamamos Fernández Comente y que necesariamente han tenido que unificar su obra para tener una sórdida relevancia (…)”. La voz más autorizada de las letras argentinas reconoce, más allá del chascarrillo, la diversidad como elemento constituyente de la obra del maestro. Su diversidad es una ventana que se abre al infinito, me animo a decir.
Esa multiplicidad, se origina en sus lecturas, es un homenaje a las mismas y funciona como disparador que conduce a los lectores extraviados a las mejores páginas de la literatura universal. Las mejores o las peores según el caso, porque Fernández Comente también vindica en su obra la de muchos escritores amigos, quizá menores, a quienes defiende, como corresponde a un amigo, hasta jugarse la piel. En fin, leyendo la obra del maestro, sobre todo Primaveral, encontraremos compañeros de ruta, iluminaremos los libros que leyéramos ayer.
II. THE MASTER: EL QUIJOTE Y SU BATALLA GANADA
Un hombre se vuelve loco leyendo un género literario. El mismo hombre se lanza a la aventura porque quiere ser un personaje principal de ese género. Ese hombre fracasa rotundamente en su choque contra la realidad. Eso es lo que se espera de The master desde que comienza la novela. Los primeros dos movimientos se cumplen de manera solapada, implícita: los lectores pueden reponer esa información. ¿Pero qué ocurre con el último tramo de ese camino, con el ocaso de esa aventura que a pesar del empeño y la voluntad de su intérprete tiene como destino la capitulación de todos los sueños? Podría afirmarse y, aún sujeto a discusión, es una postura válida, que la fidelidad de Fernández Comente respecto de sus modelos es ajustadísima, certera, no esconde la referencia para generar un mero juego literario, o mejor, un mero juego para literatos; con excepción de la mirada sarcástica con que reconstruye esos recorridos de sus lecturas previas en los casos en que la intención es denostar o cuestionar. Pero en este punto, en el desenlace de la aventura de este Quijote argentino, la regla se rompe. Se desata The Master del destino de su abuelo manchego para caminar a su victoria. Es cierto: una victoria pequeña, sencilla, secreta. Una victoria sin gloria quizá. La victoria de la vida que queda donde todo se ha muerto, la alegría de sobrevivir a pesar de todos los augurios, la alegría de encontrar una tierra de paz para los hijos. Es la Victoria individual, no es la victoria épica que libera a todo un pueblo, no es la victoria soñada colectivamente por la generación del maestro. Pero vista a través de los lentes de la catástrofe, esa victoria es inmensa y reivindica a muchos que no la alcanzaron. Nadie lo sabrá; o muchos sabrán el destino de felicidad de The Master, pero no el de tantos como él que en la historia nuestra real (si es que una novela como esta no lo fuera) contaron los días hasta el final de la dictadura, buscando las pocas bocanadas de aire puro en medio de la muerte para, contra todos los pronósticos, evitarla.
Este Quijote vence. Pierde amigos, sí, pero la novela está poblada de hombres y mujeres que bajo el manto piadoso de su locura, de su utopía instalada a contrapelo de la realidad material, sobreviven con él. Hay quienes han querido ver en la obra una crítica despiadada, una burla por sobre los compañeros, un ataque a la cultura setentista, “la venganza artera de un desplazado, de un cagón”, como dijo un militante que no mencionaremos porque no merece la pena salvar su nombre del olvido. Nada de eso. Hay un intento por desangelar ciertos lugares comunes de la cultura de época, eso es indudable; o mejor aún, de la nostalgia de la cultura de época que ha quedado instalada como verdad, como lenguaje, como hecho momificado, o sea, ha sido vaciada (esa cultura, no la nostalgia) de vida, ha sido confundido su sitio como referencia por un lugar en el espectáculo.
Es quizá la obra sobre la dictadura donde con mayor eficacia se celebra el triunfo de los que resistieron. Se despoja al exilio y a la lucha armada del vedettismo con que quiere quitársele su valor esencial de entrega. De entrega y de fe. Una obra que rescata sobre todo la lucha de quienes se quedaron, pero no en detrimento de los que se exiliaron o perdieron la vida. Este será tema de análisis en otro apartado de este estudio introductorio: el exilio interno como tema de la obra.
Los personajes de la obra juegan al exilio, y nosotros reímos, pero dentro de la realidad de sus vidas es la manera de estar cerca de sus compañeros exiliados, la manera de formar parte, la manera de materializar su realidad irreductible, la de parias, la de criaturas encerradas en la jaula del depredador. Juegan a las votaciones y es la manera de mantener, de sostener, la democracia, una democracia clandestina y débil, pero viva por la locura de estos hombres. Como ese ejército maltrecho que, en la obra de Javier Cercas, cruza un desierto africano con la bandera francesa durante la segunda guerra y esa bandera y ese desierto son el único lugar donde Francia todavía existe.
Podría reinstalar aquí, en torno al ánimo central de Primaveral, la discusión acerca de las representaciones que se han establecido en torno del Quijote. Suele instalarse la figura del héroe manchego como la de un utópico, la de un hombre que lleva su voluntad hasta el límite (me animo a decir dudosamente heroico) de luchar contra los imposibles. Particularmente creo (hace rato que rompí con la formalidad de escribir esta monografía con tono impersonal) que si bien los lectores sabemos que aquello contra lo que lucha Don Quijote son imposibles por desmesurados o por inexistentes, él, en su conciencia, lucha con la seguridad de saber contra quién y por qué pelea, y la victoria está en su margen de posibilidades. Es verdad que puede perder, pero asume esa posibilidad y a riesgo de perder la vida no renuncia a buscar la victoria.
En ese sentido entiendo también la pequeña gesta (minimalista y posmoderna) de The Master y sus compañeros: luchan contra enemigos que no existen; o con más precisión: contra enemigos que existen pero no los tienen a ellos como contrincantes, se inventan contratiempos, pero los enfrentan siempre con honestidad y en la conciencia de una derrota que ya los envuelve a todos, incluso a ellos, pero que se asume con solidaridad y con pasión; y también les va la vida en ello porque, aunque dudemos de la realidad del peligro que corren, en su mente ese peligro es una certidumbre y sin embargo lo enfrentan.
Es importante resaltar también que en ese momento la muerte no era justamente un privilegio ganado por el prestigio militante, era más bien un derecho adquirido por quienes no tienen miedo y los personajes de Primaveral, desbordantes, desmesurados, alienados también, no tienen miedo.
III. SUEÑO CON VIDELAS / CON VIDELAS DE MAR / CON CIERTO MAR AY! DE VIDELAS SUEÑO YO
Como una obsesión, como un elemento ominoso, aparece la figura del dictador en toda la obra. La maestría del autor hace que el ejercicio del humor sobre uno de los personajes más oscuros de la historia argentina no resulte intolerable al lector. Sí inquietante (y considero que generar inquietud es una virtud si de escritores se trata), pero no intolerable. Los fragmentos donde aparece, sobre todo los episodios de la locura de Natacha, dejan una mancha en la conciencia que irremediablemente lleva a la reflexión.
El maestro toma el tema de la dictadura por sus costados más terrenales, cotidianos. A pesar de que podríamos calificar a Primaveral como una novela de aventuras, el maestro trata de despojar a su obra de todo sentido épico. En este aspecto Primaveral es más deudora del Ulises de Joyce que de Homero. Los personajes se internan en aventuras que mueven más a la risa que a la intriga, y fracasan o pasan por ellas sin pena ni gloria. Esta tendencia se rompe un poco, quizá, en la historia de amor entre The Master y Natacha, vivida intensamente, amorosamente, latinoamericanamente (para utilizar ese valor sumo que atraviesa la novela).
El Videla de Natacha no es humano, tiene alas como de murciélago, cara de sapo, devora estudiantes por las calles y de ahí que The Master empiece a preocuparse por su salud mental. ¿Pero acaso no es más parecido el Videla real, la impronta simbólica de la oscura obra colectiva que encarnó en la “historia real” de la Argentina , a ese vampiro alucinado por Natacha que a un destacado general perteneciente al género humano? ¿No será que la locura está en los que aceptaban la normalidad de esos años de barro y sangre? SÍ. Decir que los generales y los empleados de la dictadura fueron animales, es excusarlos, tanto como minimizar su obra bajo la máscara de los excesos. Pero esto es literatura y en la literatura, las metamorfosis, los trucos de prestidigitador de las transformaciones, la metáfora, el símbolo, son a veces más esclarecedoras. La cucaracha de Kafka es más comprensible para el lector que toda una crónica que condense el clima de época en el que nada la obra.
El Videla de Natacha es una figura ubicua, bien persigue a los compañeros latinoamericanos o a Tete, la amiga modelo de Natacha, a la vecina que se come en el ascensor, lo vemos en una calesita sobre un caballito y, en el colmo de la metáfora y el delirio, a los pies de la cama amamantando a Simone. No sólo se mueve en el ámbito del chiste, sino también el del símbolo. Videla está en todos lados porque es la dictadura, que logró meterse en todos los espacios de la vida argentina de la época. Videla es un hombre, un personaje, un nombre, pero representa toda una época. La época del terror, la irrupción del gótico en Primaveral. Y la metáfora que encarna, como todas las que usa el maestro (que como todo gran hombre de letras a la antigua, habla en metáforas), es eficiente y cumple su destino de rito catártico.
IV. EL HUMOR: UN CLARO AGUJERO POR DONDE RESPIRAR
El humor en Primaveral es forma, fondo, tema e intención. No sólo tiene la intención santa, la misma que alienta El Quijote de echar luz, de desenmascarar ciertos lugares comunes, ciertas comodidades de los escritores de un género. Es también un bálsamo, una barca sobre la que podemos navegar con cierta tranquilidad en aguas turbias, donde de otra manera correríamos peligro, las aguas negras de nuestra historia reciente. Es, creo, la primera obra de humor que se escribe sobre la época y, sobre todo, sobre el aspecto más inmaculado de aquellos años: la militancia. Al menos, la primera obra de humor directo, que transforma en mueca risueña a los protagonistas directos, sin máscaras, la que se anima a transformar en chiste hechos aberrantes que ocurrieron en la vida real. No es una burla; es otra cosa: un facilitador, una guía de viaje para recorrer un tiempo sobre el que hay que reflexionar y saber, pero del que hay que evitar caer en las pontificaciones, los lugares comunes y sobre todo, la tristeza. El humor es el recurso que Comente eligió para correr el velo del horror para la literatura, lo que queda son los manuales de historia. El humor es la antorcha con la que el Maestro ilumina los peligros del infierno, como Virgilio, como David Viñas en la novela.
El humor es también un elemento estructurante de manera horizontal y vertical, atraviesa toda la obra resignificando todo su contenido, el temático y el formal.
En cuanto a lo temático, con el sentido que ya mencionamos al comienzo de este apartado, transforma en risa todo lo que toca, las realidades abyectas de una época y los lugares comunes de quienes pontifican una cultura (la de los setenta) que debe renovarse para recuperar su fertilidad, su vitalidad y su potencial para cambiar las cosas dadas. En el aspecto formal, dialogando con la tradición literaria en dos direcciones: la primera, tomando todos los recursos posibles de la misma. La segunda, tomando partido dentro de esa tradición en los postulados de una corriente en particular: la de incorporar géneros variados y disímiles, trucos ya usados por otros autores, con los resultados más diversos, recursos geniales que fueron perdiendo su eficacia ante el plagio desmesurado con fines solemnes de autores posteriores.La parodia, la reescritura, la caricatura, la ironía, la metatextualidad, aparecen aplicadas con maestría para recuperar páginas célebres de la tradición literaria (Rayuela, La divina Comedia, El Eternauta, El Quijote, etc.) y ponerlas como telón de fondo para representar su lectura nostálgica, crítica, desmesurada, algo descreída, de los años de plomo y, sobre todo, de su experiencia dentro de esos años.
No sólo se reescriben en clave cómico-crítica páginas célebres de la tradición literaria, sino que se parodian también los vicios de algunos escritores, no siempre menores, de Argentina y de Latinoamérica: escritores del boom con retardo (el maestro los llamaba escritores del bum!), sesentistas y setentistas a destiempo, vampiros que beben sangre inútilmente porque es sangre vieja, porque es sangre que ya no los salvará de la muerte ni les devolverá la juventud.
V. EL EXILIO INTERNO: EL GRAN TEMA OLVIDADO
Un viejo y conocido postulado del maestro reduce la literatura universal a dos temas: la muerte y los viajes. Como oposición o complemento, pero unidos en un par dialéctico uno y el otro están asociados como dos movimientos del alma humana; a veces juntos, a veces separados, el viaje y la muerte serían las únicas dos cosas de las que los hombres han querido hablar, todos los demás temas son el baile de disfraces en que estos dos son presentados por los autores. Juntos: el viaje como la vida; la muerte como el destino, el puerto final.
El maestro, gran artista de variedades, gran simulador, creador desmesurado, ha sido en varias de sus etapas creativas un rupturista: en ese sentido muchas veces ha renegado de estos dos movimientos temáticos, ha intentado (a pesar de lo difícil que él mismo se planteaba esto, ya que desde su concepción no había nada más allá de estos y sus diferentes caras) salir del laberinto. En ese sentido quizá pueda entenderse el giro que da Primaveral respecto de otras obras que se involucran con los setenta. Se aleja de los dos grandes temas que han acaparado prácticamente todo lo que se escribe sobre la época: los torturados, los vuelos de la muerte, los caídos y los exiliados: la muerte y el viaje, el viaje y la muerte. Los personajes de esta obra no mueren; podría decirse incluso que no corren peligro y, por esta misma razón, no deben partir al exilio.
Este cambio de sentido respecto a los grandes temas tiene, por un lado, la intención de apartarse de los clichés y también de comunicar su experiencia personal. Sabemos que el maestro tuvo una militancia política intensa en esos años (seguramente no sólo movida por sus convicciones políticas, sino también por ese glamour, ese perfume a vino y rosas, que iluminan con luces de neón todo clima prerrevolucionario); también es sabido que si bien su militancia fue de base y llevada adelante con la más profunda discreción (al punto que nunca ha quedado del todo claro si estuvo enrolado en ERP o en la JP , o en ambos alternativamente: en este punto Comente y sus allegados son muy reticentes). Por otro lado, en el aspecto más público, abrazó y defendió esas mismas causas en artículos y textos de la época, cierto que con luces y sombras: allí está el hecho misterioso (uno más entre todos los rechazos de que ha sido víctima el maestro) de que tras haber participado durante dos meses como cronista de la misma, sus artículos publicados en Noticias, órgano de superficie del Movimiento Montonero, hayan sido literalmente extirpados de casi todos los archivos en los que se pueden encontrar ejemplares de la revista. Entre las causas que se manejan con mayor asiduidad se dice que este rechazo se debería al pase de Comente de la agrupación Montoneros al PRT-ERP; personalmente me cuesta imaginar al maestro militando en un espacio ajeno al peronismo. Es un tema muy amplio y muy enrevesado que requeriría otro trabajo. Lo que nos interesa aquí es que el maestro tuvo una actividad muy intensa por aquellos tiempos y que, sin embargo, no se exilió ni fue detenido[3].
O sea que este corrimiento de los temas que él consideraba primordiales no tiene sólo un sentido rupturista, sino que también es un atajo hacia lo autobiográfico. Y no sólo a lo autobiográfico, sino al dark side de lo generacional. Porque en las aventuras de The Master y sus compañeros está retratada las pocas veces contadas vivencias de los exiliados internos, un grupo no menor de militantes de los setenta que a pesar de no haber gozado de la reputación de los exiliados o los mártires, vivieron su propio calvario más allá de que a veces la literatura o los estudios sociológicos se han olvidado de ellos. Fernández Comente hace visibles los avatares de este grupo, los peligros y los miedos, y también su condición de parias. La gran metáfora de esta condición son los martes del exilio. Y también la exaltación de la solidaridad de quienes a pesar del peligro, nunca dejaron de sentirse compañeros de los otros, nunca dejaron de reivindicarlos, nunca reprocharon nada, y siguieron con las herramientas que podían y con los cuidados del caso, peleando por lo mismo. De alguna manera es el caso de Walsh (hasta que fue secuestrado).
En ese sentido hay una doble bandera: la propia de los setenta, la reivindicación de la militancia y dentro de esa también la de los exiliados internos. Y ese es el tema de esta novela, la relación dialéctica entre unos y otros exiliados y la experiencia de los que se quedaron, su viaje hacia lo más hondo de la dictadura, una huida vertiginosa hacia ningún lado y en medio de los enemigos.
Allí se despliegan todos los dramas de los protagonistas, sus ilusiones en medio del terror, sus miedos, el sostenimiento de sus ideales, la búsqueda del amor, el sostenimiento de los hábitos con los que evitar la locura, las locuras que evitan la locura mayor, otra vez la solidaridad. En ese sentido, es una invitación conocer una historia, si no oculta, no muy transitada. Queda en ustedes descubrirla. Y descubrir a la vez una obra refrescante, transgresora y misteriosa y, sobre todo, hermosa. Una obra antes inhallable que ahora dejamos al alcance de cualquier lector que se anime a hundirse en esta aventura de la imaginación de un personaje central de la cultura argentina.
[1] Nota agregada a último momento, antes de entregar para la publicación: “Hay otro problema. Estoy seguro de que éramos seis; sin embargo, cada vez que quiero repasar los nombres de esos amigos cuento nueve. Es extraño pero a la vez real. Llegado a este punto de quiebre con lo racional, poco debería importarme la cortesía; así pues, para resolver esto lo pongo, como lo entiendo: Éramos seis personas: Ariel Zagarese, Johanna Tonini, Estrella Nieto, Ramiro La Fata , Diego Meret, Martín Sancia, Karen Koch, Daniel Lamas y yo. Este grupo es el núcleo duro de lo que más tarde sería “El círculo literario de la calle Ayacucho” o “El círculo literario del Alicia” o simplemente “El círculo”. No quiero entrar en estas finezas, pero no puedo dejar de asociar a la idea de la circularidad que la suma de estas nueve personas me dé seis personas”.
[2] Versiones difamatorias, provenientes ya no de los eternos denostadores del maestro, sino de conversos y traidores, antiguos seguidores que dividieron aguas desde adentro primero para luego ponerse en la vereda de los críticos más feroces, sugieren que el autor de la novela sería Sancia y que a eso se debe su conocimiento de la misma.
[3] Hay una versión que roza el chusmerío y la difamación de vecindario que pretende que el Maestro, frustrado con la idea de no merecer ni la preocupación de sus compañeros (para enviarlo al exilio) ni el temor de los militares en el poder para perseguirlo, se presentó en la ESMA para hacerse detener y fue igualmente ninguneado por los señores de la tortura de ese centro. Esta versión está bastante extendida, incluso dada como posible por algún grupo de seguidores del Maestro (los guevaristas por caso). No hay demasiadas pruebas al respecto ni a favor ni en contra; de todas formas deberían descartarse algunas hipótesis claramente malintencionadas como la que dice que la motivación verdadera de esta acción sería la envidia que el Maestro sentía por Rodolfo Walsh. Doy fe que cualquier cosa que sintiera el maestro está lejos de la envidia.
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