martes, 18 de octubre de 2011

Retratos

Retrato de Fernández Comente de la época en que escribió Primaveral, una novela setentista. Se desconoce con certeza quién fue el autor, algunos indicios apuntan a que habría sido pintado por L. A. Spinetta.
















Fernández Comente durante la Gala en que desestimó el premio Cervantes (Foto: Sara Facio)
El Maestro Fernández Comente en un fumadero de opio, o en una sesión de espiritismo; no queda del todo claro, pero de todas formas ambas actividades formaban parte de sus hábitos durante el siglo pasado (Foto: Cartier Bresson)


























CAPÍTULO XXXIV (Final)

XXXVI

Primavera




            Mi novela setentista termina un día soleado de 1983.
            Termina el mismo día que Natacha y The Master vuelven a verse, después de tantos años.
            Afuera, un grupo nutrido de jóvenes de izquierda avanza convocando por altoparlantes a votar con conciencia.
            Bombos y pancartas. Cánticos murgueros.
            Natacha, que ahora observa ese río democrático con ojos sanos, a salvo de las horribles alucinaciones que tanto la han perturbado, le pide un cigarrillo a The Master.
            The Master va hacia ella. Los dos están desnudos, frente a la ventana. Jamás imaginaron un día tan soleado, tan despiadadamente primaveral como este, un día tan despiadadamente hermoso.
            —Dictadura militar/La vergüenza nacional... —cantan los jóvenes ahí afuera, en la calle.
            Natacha y The Master miran. Durante unos instantes, cada uno se pierde en los dolorosos recuerdos que la dictadura ha dejado detrás de sus ojos; se pierden en las melodías susurradas en ronda, en las imágenes del exilio lluvioso y los hotelitos de mala muerte, en las caricias temblorosas con las que trataron de aferrarse a sus cuerpos, a la belleza de sus cuerpos, a la juventud que se les iba arrastrada por la crueldad de las pesadillas, la crueldad de los sueños, entre tanta pena y tanta violencia y tanto amor...
            —Ganamos— dice ella o él. —Simone va a tener el país que queríamos para ella. El país que soñábamos.
            Y entonces se besan como si sólo hubieran sido hechos para eso, para besarse así, largamente, frente a la ventana limpia de exilio y aturdida de primavera y de cantos ardientes de pájaros y jóvenes.
Y siguen besándose en silencio hasta que mi novela setentista, preñada de sol, llega con algunos años de retraso a su bendito fin.
           

                                                 FIN

CAPÍTULOS XXXV y XXXVI

XXXV

El fin de una década




            Y siguieron pasando los años, los barrios de la provincia, las fotos, los nombres, las cartas de Natacha, las botas, las persecuciones, las canciones, algunos vinieron, otros se fueron, otros se quedaron, y Natacha y The Master terminaron la década separados, lejos.
            The Master recordaría por siempre aquel fin de año de 1979. Fue en Barrio Sarmiento, Villa Celina, en una pequeña casa que una anciana llamada Pierina tenía a modo de pensión. Estaban, además de él y de Cipe, los chicos del Cuarteto Zupay, Piero, Víctor, Aída Bortnik, Pino, Marilina, Viñas, Norma Kennedy, Ana Caccopardo, León Gieco, el Tano Pagliaro, “Mirta de Liñiers a Estambul”, Osvaldo, Jacobo, el padre de Ismael Serrano, César Isella, Tarragó Ross, Jaime Ross, Chunchuna Villafañe y Tato Pavlovsky. Todos, todos juntos despidiendo aquella década espantosa y poniendo todas nuestras esperanzas en esa nueva década que vendría para rescatarnos del horror o sepultarnos definitivamente en él.
            Después de brindar, recordaría The Master, salieron a la calle y se mezclaron con la gente de aquel barrio, se perdieron entre los festejos de la gente, bailaron en las calles de tierra, en el club de la sociedad de fomento, en la parte de atrás de la parroquia, riendo, casi felices, hasta más allá del  amanecer.
            Así festejaron el final de la década.
            Al día siguiente, cuando The Master llegó a su casa, escuchó que sonaba el teléfono.
            Atendió.
            —Feliz década, mi amor— le dijo la voz de Natacha, y luego : —Feíz dédaca, papá – le dijo la voz de Simone.
            Y cortaron[1].




XXXVI

Los ochenta





Una novela setentista irreductiblemente tiene que terminar en la década de los setenta. Los años ochenta, por más interesantes que sean, le están vedados.
            Y esta novela, mi novela primaveral, es setentista, de modo que debe terminar aquí, con el fin de los festejos del último día de 1979 y el primero de 1980.
            Tiene que terminar con todos juntos, esperanzados, dispuestos a seguir. 
             Pero no, no va a terminar allí.
Aún queda un capítulo más. 




[1] Susana Maciel, editora de textos de enfermería que se animó con un ensayo sobre El Maestro (que salió publicado bajo el título pantalla de “La leche materna hoy”), llegó a la conclusión de que la obra Primaveral termina aquí, en este capítulo. Los siguientes dos capítulos, según ella, son un agregado posterior escrito por otro autor. 

CAPÍTULOS XXXiV y XXXV

XXXIV

Gol de Videla





            La última vez que The Master vio a Natacha bajo el gobierno de Videla (recién volverían a verse con el regreso de la democracia) fue de casualidad, sin esperarlo.
            The Master se escapaba del centro, abrumado por las turbas que festejaban el campeonato mundial de fútbol. Había fumado marihuana, y esa vez la marihuana, más las anfetaminas, lo estaban poniendo un tanto paranoico.
            —¡Ar-gen-tina. La copa te domina! —cantaban las turbas. —¡El que no salta es holandés! ¡El que no salta es holandés!
            The Master estaba por cruzar la Av. Callao cuando de pronto la vio, como una más entre la turba, junto a otro hombre, con Simone en brazos.
            —¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina! —cantaban aquel hombre y Natacha. —¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!
            The Master se sintió morir de horror. ¿Cómo podía ser posible aquella imagen? ¿Cómo algo así podía ser cierto?
            Quiso ir hacia ella pero no pudo. Un oleaje de la turba las borró de sus ojos y ya no pudo volver a verlas, no pudo dar con ellas. La turba se las llevó en una ola victoriosa y él tendría que esperar cerca de cinco años para reencontrarlas.
            The Master, mareado, buscó un bar abierto y se pidió un agua tónica. Prendió un cigarrillo tras otro, mientras veía que el techo y las paredes se disolvían.
            Por primera vez en su vida, se dijo que la vida era un verdadero asco, y fue ahí que gran parte de su fe en la honestidad de la gente se le murió; que se le murió la fe necesaria para  querer, de veras, morir por algo. Él no lo supo, pero fue así. Y pese que a Natacha le aseguró en miles de cartas no haber participado de los festejos del mundial ni con Simone, ni con otro hombre ni con nadie, gran parte de su amor por el mundo esa noche murió.




XXXV

Agñés

 

 

             Poco después de aquella noche The Master buscó refugio en Agñés, una chica francesa estudiante de antropología que había venido a Buenos Aires de vacaciones.

            Agñés se quedó unos cuantos meses, más de los que había previsto, y volvió a París porque no se adaptó a los lluviosos martes del exilio.
            Durante un tiempo, The Master se movió en soledad. Natacha y Simone no salían de sus pensamientos. Nada salía de sus pensamientos.
            Se movió en soledad.
            Conoció algunas mujeres, casi todas estudiantes, pero fueron historias muy breves que ni siquiera duraron un par de semanas.
            De todas ellas, sólo a una The Master le dedicó un poema. La chica se llamaba Berenice y había nacido hacía diecinueve años en Caracas. Estudiaba bioquímica. Era muy inteligente, y muy bella. El poema de The Master era breve, de sólo cinco versos que él jamás intentó publicar por considerarlos “amargos, desconsolados, oscuros”:


No miremos más la lluvia, Berenice.
Cerremos los ojos.
Y pensemos, por un momento,
Que nada de esto ocurre.
Que nada de esto es cierto. 

CAPÍTULOS XXXII y XXXIII

                         XXXII

                                                                               Exsilium                                                                                                                                                                                                                                  

           De todos modos, si bien Cipe, The Master y los demás se empaparon tanto con Liñiers que no sería una hipérbole considerarlos como expertos “liñieristas”, jamás pudieron encontrar ni a Natacha ni a Simone, y tuvieron que conformarse con recibir noticias de ellas por medio de las cartas que Natacha enviaba cada tanto.
            Sumido en el desconsuelo amoroso y paternal, The Master sólo pensó en llevar su exilio cada vez más lejos, cada vez más allá de La Gran Frontera, y los martes dejaron también de ser de Liñiers y pasaron a ser de Madero, de San Justo, de Villa Celina, de Barrio Sarmiento, de La Salada (con sus balnearios públicos), de Tapiales, de Ingeniero Budge, de Villa Fiorito... Por todos esos lugares los arrastró la vorágine del exilio, y de todos aquellos lugares The Master pudo quedarse con recuerdos entrañables que le permitieron escribir la que él califico como su obra más extraña: “Exsilium (psicodelia obrera)”, cuyos versos más conocidos fueron los dedicados a La Salada.

                      La sal tercermundista de tus piletas
                       De esmeraldas aguas, 
                       De esmeralda luz.
                       La alegría obrera de tus trampolines,
                       El orín fosforescente y provinciano
                       Que se mezcla en las entrañas de tus aguas
                        Y que nos habla de la rebeldía,
                        De la resistencia con que tu gente                                                                             
                        Desafía lo impuesto, lo ordenado,
                                            Lo gorila.
                                 
                          Latinoamericano y pobre es tu destino hoy,
                          Pero la hora alucinante se acerca, Oh Saly,
                          La hora ardiente se acerca,
                          Y sé, estoy seguro,
                           Que después de los bombos y las pancartas,
                           Después de la aventura obrera que te redima,
                           Del flash obrero que te queme de amor,
                           Las futuras generaciones verán en las palabras
                           “Ocean”, “Punta Mogotes”, “Las Vegas”,
                           algo más que nombres de balnearios públicos.
                            Las futuras generaciones, Oh Saly,
                            Verán en ellas,
                            En esas simples palabras,
                            El comienzo de una nueva etapa,
                            Hinchada de luces hirientes (por lo bellas)
                            Y de Libertad y de bocas radiantes de Justicia…                            

                                                                                                                                                                                                                                 

XXXIII

Fotos de Cipe

                            


             Fotos de Cipe. Fotos del Exilio.
            Los lugares del exilio, en blanco y negro, a colores.
            Los chicos del Cuarteto Zupay en un supermercado de Laferrere. Los chicos del cuarteto Zupay en una galería de Derqui.
            Y Piero en una vereda de Villa Diamante. Y Cipe guitarreando en el Camino Negro.
            Y César y Tato y Marilina y Pino en la pileta Ocean.
            Y Susú fumando hachís en un turbio bar de González Catán.
            Y Cipe y The Master bajando de un colectivo de la línea  493.
            Y Cipe y León jugando al metegol en el bar de Tauichi, en Barrio Sarmiento.
            Y Cipe sola, llorando.
            Y Natacha y Cipe mirando con tristeza a través de la ventanilla de un tren.  
            Y Natacha en el viejo hotelito de Barracas, frente a The Master, a punto de besarse.
            Y Natacha en el viejo hotelito de Barracas besándose con The Master.
            Y The Master riendo, frente a la máquina de escribir, feliz.  
            Así pasaron las fotos, y los años.         

CAPÍTULOS XXX y XXXI

 XXX

La carta de Natacha 

   

 

Querido Themy:


             Sé que aún estarás sorprendido por mi ausencia, tan abrupta y desconsiderada; sé que acaso estarás odiándome por privarte de ver a la gordita, por no permitirte tener noticias de ella durante tantos días. Lo sé, pero todo es tan duro, tan difícil, que también sé que vas a entenderme y perdonarme.
            Paso a contarte:
            El día que me escapé del hotelito de Barracas no tuve otra opción: aquel edificio estaba rodeado por Videlas. Sí, leíste bien: Videlas. Ya no era uno solo, sino no varios, todos iguales, todos alados y con miradas y garras extraterrestres. ¿Qué podía hacer yo allí? Los Videlas se pegaban a las ventanas, dejaban sus excrementos en los vidrios, chirriaban amenazantes, molestos.
            Tuve que irme. La prioridad era Simone, y yo no quería ponerla en peligro. Está tan hermosa la gordita, tan parecida a vos que yo la miraba y decía no, no puedo quedarme aquí, no puedo seguir desafiando tanto horror.
            Así que una noche agarré mis cosas y me fui. Como no sabía a dónde refugiarme (acercarme a vos o Cipe significaba ponerlos en peligro) anduve de barrio en barrio buscando un hotel que fuera como el de Barracas pero sin Videlas que lo atormentaran.
            Recién ayer lo encontré, y ahora que ya estoy instalada me decidí a escribirte.
            Aquí, en Liniers, todo es tan distinto... La gente habla de cosas que no entiendo. Dice Vélez Sarsfield, dice Versalles, dice Cayetano. Todo es tan raro aquí.
            En el remitente del sobre vas a encontrar el número de mi casilla de correo. Me encantaría que me escribieras. Me muero por saber de vos, de Cipe, de todos los nuestros. Los extraño tanto.
            Eso sí: te pido por favor que no intentes buscarme. Si bien aquí, por ahora, estamos libres de Videlas, no creo que sea conveniente que te arriesgues.
            Escribime. No hay nada que me haga más falta que tu escritura.
            Te amo,

                                                                          Natacha


PD: Ayer Simone dijo su primera palabra: Revolución, y hoy dijo la segunda: Papá.




XXXI

Locus amoenus 

 

 

           Desde que The Master recibió la carta, Liniers se convirtió para él en una suerte de paraíso terrenal en el que la posibilidad de encontrar a Natacha y a Simone acechaba en cada esquina, en cada vieja casa que tuviera pegada en su puerta un letrero con la palabra “Hotel” o “Pensión”. Cuando tenía tiempo, Cipe lo acompañaba en la búsqueda, y también solían acompañarlo los chicos del Cuarteto Zupay, el Tano Pagliaro y Miguel Cantilo.

            Muy pronto, aquel locus amoenus se transformó en locus exsilii, ya que, instigados por The Master y por Cipe, todos decidieron canjear el hotelito de Barracas por una pensión de Liñiers.
            A partir de entonces, los martes dejaron de ser del Sur y pasaron a ser del Oeste. Este cambio no sólo los benefició a nivel económico (Liñiers era más barato que Barracas) sino que también les sirvió para crecer culturalmente, pues al estar ahora ubicados en los bordes de la ciudad, poco les costaba cruzar La Gran Frontera (así llamaban ellos a la Av. General Paz) y tomar contacto con la provincia, con su gente, su barro, su cosmovisión, su cultura, sus miedos...
            El exilio ya no olía a la vieja Europa, sino que tenía el aroma joven, profundo y vital de Latinoamérica. 

CAPÍTULOS XXVIII (Segundo capítulo gemelo) y XXIX

XXVIII

La búsqueda







           ¿Encontraría a Natacha? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por una calle del Sur,  al puente que da a la estación de trenes, y apenas mis labios de ceniza y olivo pronunciaban la palabra “Latinoamérica” o “Revolución”, ya su silueta antihegemónica se inscribía allí, en el otro extremo del puente, a veces tarareando una canción de Piero, a veces detenida en alguno de mis poemas, que su voz recitaba como si le dolieran. Y era tan natural atravesar el puente y acercarme a ella, Natacha, que sonreía sin sorpresa, tan convencida como yo de que jamás habría lugar para un desencuentro entre nosotros mientras tuviéramos en la boca esas dos palabras, esas dos armas.
            Pero ella no aparecería ahora en el puente.  Su fina cara de translúcida piel no acudiría a mi llamado; quizás estuviera buscando un hotel tercermundista que se pareciera al hotel de Barracas, o intentara hacerse invisible para que la alada sombra de Videla no la atrapara...
De todas maneras subí al puente y dije:
            - Latinoamérica.... Revolución...
            Y no, Natacha no estaba.
            Bajé del puente con la sensación de estar en otra parte, en otra época, en otro país.
            Fui a una plaza y prendí un cigarrillo. El cigarrillo olía raro, como a pino, y entonces me di cuenta de que en realidad estaba fumando hachís. Así que me dejé llevar por aquel gusto y aquel aroma que me traían el recuerdo de otro perfume y otra piel de mujer.
            Al salir de la plaza me pregunté: ¿Encontraría a Susú?  
           
          


XXIX
El retorno
            



          Todo indicaba que The Master sin Natacha, sin Simone y sin Susú tocaría fondo, se hundiría aún más en la irresponsabilidad psicodélica del LSD, del cannabis, de la música y la literatura sin sentido.
            Sin embargo, The Master volvió a romper con todos los pronósticos, pues la desolación amorosa en la que estaba sumido, lejos de desbarrancarlo le dio fuerzas para seguir con su misión en el mundo: la lucha.
            Volvió entonces con nuevos bríos a las reuniones en la casa de Cipe, a las canciones populares de protesta, a imaginar una Latinoamérica libre en la que Simone pudiera crecer en democracia.
            Por supuesto que pensaba en Natacha y en Susú, pero ya no las buscaba.
            En una de las páginas de su diario escribió:
            “Ando sin buscarlas, pero sabiendo que ando para encontrarlas”. 

CAPÍTULOS XXVII y XXVIII

XXVII

El adiós

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    Susú no murió por muy poco. Si la ambulancia hubiera tardado cinco minutos más, habría llegado al hospital violácea e irremediablemente fría.
            El exceso de hachís la había llevado a un  breve estado comatoso (pero no de amor) que no  llegó a durar ni siquiera dos horas. Sobredosis de hachís, dijo el médico, y dijo también que no hacía la denuncia porque conocía a Susú de una obra de teatro.
            —Por esta vez la perdono, pero no voy a perdonarla si ocurre una segunda vez, ¿está claro?
             Volvimos a mi casa. Los Rojas no estaban. Tampoco estaban sus cosas.
            En la mesa habían dejado una carta:

Querido The Master:

            Gracias por todo. Nos vamos porque, más allá de sus gentilezas y su enorme generosidad,  no podemos seguir presenciando el deterioro físico y mental al que se está sometiendo. Nos da mucha tristeza, y no sabemos qué hacer.
            Esperamos que todo en su vida mejore. Rezaremos por usted como lo estuvimos haciendo hasta ahora. Sabemos que va a salir, que se va a reponer y pronto va a encontrarle sentido a las cosas.
            Esta tarde hemos pasado por el hotel de Barracas para despedirnos también de Natacha y Simone. No estaban. Según la encargada, se fueron antes de ayer, de madrugada. Le preguntamos, pero nos dijo que no sabe nada de ellas.
            Espero que se reencuentren pronto y todo vuelva a ser como antes entre ustedes.
            Adiós.

                                                               Rojas.

            The Master dobló la carta y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.
            —¿Venís? —le dijo Susú mientras se desnudaba.
            Pero The Master esa vez no pudo olvidarse de Natacha ni de Simone ni de su vida de mierda ni de nada. De lo único que pudo olvidarse en ese momento fue de Susú.
            —Ya vengo —le dijo.
            Y salió.




XXVIII

La espera




           Susú lo esperó horas junto a la ventana. “The Master no viene”, pensaba, mientras miraba las sábanas blancas que se sacudían con el viento en el patio de la casa. Lo esperaba en bombacha y en remera, repitiéndose cada tanto la frase antes citada:  “The Master no viene...”.
            Y The Master no volvía porque no estaba en condiciones de volver a ningún lado.
            Rojas tenía razón: Natacha y Simone ya no estaban en el hotel de Barracas.
            —La señora estaba muy asustada —dijo la encargada. — Temblaba... Temblaba tanto que parecía que estuviera enferma...
            The Master salió de allí desconsolado. ¿Y ahora qué?
            Caminó por las calles como un estúpido, durante horas o días, y cuando se acordó de Susú, la bellísima Susú, ya era tarde: ella no estaba. 

CAPÍTULOS XXIV, XXV y XXVI

XXIV

Ella




            Un día, cuando ya parecía que jamás regresaría de sus sueños lisérgicos, tan constantes y evasivos, The Master volvió a tomarse en serio su vida, su país, su realidad, su época, y volvió a pasar por la casa de Cipe. 
            —Qué bueno verte así —le dijo ella—, con los ojos limpios, llenos de vida, de conciencia... ¿Cómo está Simone?
            —No sé... Voy a verla el martes... ¿Hoy qué día es?
            —Sábado.
            —Faltan tres días.
            —Se extraña la gordita, ¿no? Está cada día más preciosa... 
            —Sí... ¿Me acompañás al hotel? Tengo ganas de verla... No quiero esperar hasta el martes...
            Cipe, que jamás se negaba a nada, respondió:
            —Natacha tomó una decisión y me parece imprudente no respetarla. Yo sé que es duro, que extrañás mucho a la nena, pero estos son tiempos difíciles y todos tenemos que resignar algo... Las cosas son así, nos gusten o no...
            The Master miró las fotos que Cipe había pegado en la pared del living. Lo vio a Tato Pavlosky, a Oliveira, a Marilina, a Piero, a César, a Víctor, a Jaime, a Natacha, a David, a Osvaldo, se vio a sí mismo, tan sonriente como los demás, tan lleno de esperanzas como todos...
            —¿Seguís amando a Natacha? —le preguntó Cipe, imitando a un balde de agua fría.
            The Master estaba a punto de responderle cuando sonó el timbre.
            —Ya vengo —le dijo Cipe, y regresó enseguida con una bellísima criatura que The Master miró como miraba a las mujeres cuando le gustaban mucho.  —Ella es Susú... —dijo Cipe. —Susú Pecoraro...   




XXV

Susú Pecoraro




            Le gustaba pronunciar su nombre: Susú. Le gustaba escribir con la estilográfica su bellísimo apellido: Pecoraro. Le gustaba la palabra “Pecoraro”, era una palabra luminosa, llena de pájaros y sol.
            — Susú—decía.
            Y escribía: “Pecoraro”.
            Así quedó The Master después de pasar la noche con ella, la joven actriz destinada a convertirse en una futura estrella.
            Sin embargo, aunque parecía que al fin una mujer que no fuera Natacha llevaría a The Master hacia más allá de las arenas del cariño, la talentosa muchacha no pudo romper la coraza, no pudo ir más allá,  aunque podría decirse que lo acercó a las orillas de aquello que The Master, en el fondo, tanto temía: el amor.
            —Susú —decía.
            Y escribía: “Pecoraro”.
          



XXV

La entrega




           Fue en un hotel de Caballito, de tarde. Ella fumaba hachís que le habían traído de España. Me hablaba imitando a una española:
            —-Tú sí que eres guapo, majo.
            Yo reía. Era tan hermosa Susú... Era tan suave su piel, tan bello su modo de exiliarse de todo, de cada cosa. Tan dulce su modo de jugar a que se moría...
            —Recuérdame... —me dijo de pronto, con voz agónica—. Recuérdame siempre... Y no olvides que yo te amaré por siempre, esté viva o no... Mi corazón no se fija en esas trivialidades... —y cerró los ojos y dejó de respirar.
            Yo reí. Y la besé en los labios, como hacía cada vez que ella se moría. La besé en el cuello, bajé.
            Le hice el amor, una y otra vez. Me enloquecía esa entrega de Susú. Ese nuevo modo de ponerse en mis manos, tan distinto al otro, el apasionado; esa nueva manera de inaugurarle caminos a nuestro deseo, a nuestra imaginación.
            Susú era varias mujeres al mismo tiempo. No sólo arriba de un escenario o frente a una cámara de cine, sino también en lo cotidiano, en la intimidad. Tenía incontables recursos para enloquecer de amor a cualquiera.
            Me derramé en ella con espasmos desenfrenados, con todo lo que tenía y con todo lo que había tenido alguna vez. Me derramé con la fuerza bestial de las revoluciones, con el ansia de libertad de los pueblos, con el odio a la injusticia  y al hambre, con toda la bondad de la que yo era capaz.
            Y por primera vez en mi vida dije:
            —Te amo, Susú... —y agregué: —Te amo...
            Sin embargo, Susú no contestó:
            —¿Me oíste, Susú? Te amo... Te amo...
            Pero Susú persistía en la inmovilidad.
            —¿Estás bien...? Susú..., Susú...
            No, no estaba bien. No estaba nada bien.
No respiraba.

CAPÍTULO XXIII

XXIII

El Divino Flash




            En otro de sus tantos sueños lisérgicos The Masther se vio perdido en medio de una selva oscura. No sabía, no recordaba cómo había llegado allí, aunque no le costaba mucho deducirlo. Sólo había dos modos de terminar perdido en una selva: por  La Revolución o por una mujer. Eso lo tenía claro. Así que siguió caminado hacia delante, hacia la parte más espesa de la vegetación, como si esperara que fuera la misma selva la que le diera la respuesta.
            Escuchó unos pájaros. Muchos, millares. Gritaban como los cuervos o las urracas.
            —Hola... —oyó que le decían, y pronto vio emerger de las sombras a David Viñas.
            —¡Viñas! —exclamó The Master.
            —¿Cómo está, compañero The Master?
            —Desorientado, Viñas, trémulo de exilio estoy. ¿Qué hago aquí? ¿Llegué aquí por La Revolución o por una mujer?
            —La Revolución y La Mujer son una misma cosa, The Master. Eso ya es hora de que lo vaya sabiendo. Yo intenté escribir un libro en el cual pretendí establecer diferencias entre ambas, y ese libro está en blanco. Aquel que sea amado demasiado por las mujeres termina siendo revolucionario, amigo mío. Y usted, puedo notarlo en su cara, es uno de ellos, uno de esos hombres. Así que bienvenido a mi círculo infernal, el círculo que he agregado al infierno dantesco y que las futuras generaciones leerán como una parte de la Divina Comedia.  ¡Bienvenido al Círculo de los gorilas!, que obviamente figura en el lugar más profundo del reino de Lucifer. Pase, échele un vistazo, camarada. Eso sí, tenga cuidado. No se deje tocar por ningún penitente. Aquel de los nuestros que sea tocado por uno de ellos pierde instantáneamente alguna de sus ideas Revolucionarias. Víctor, por ejemplo, dejó de estar a favor de la ley de Divorcio... “No estoy en contra del Divorcio”, empezó a decir. “Estoy a favor de la familia”. En ese tema se dio vuelta como una tortilla. El día y la noche con lo que pensaba antes, que es lo mismo que pensábamos y pensamos nosotros, los librepensadores,  que no cambiamos más veces de pareja porque el día tiene veinticuatro horas...  Es así. El infierno, la Idea del infierno, sólo existe para llenar al ser humano de contradicciones... Por eso, amigo, hágame caso. No se deje tocar por nadie.  
            —¿Puedo negarme a entrar?
            —Sí, pero creo que a esta altura de los acontecimientos sería una actitud poco literaria.
            —Es que usted no entiende, Viñas. Todo esto no es Literatura. Todo esto es verdad, y la literatura no es verdad ni refleja la verdad ni tiene una relación verdadera (es decir, seria) con la realidad. La Revolución se hace afuera de los libros, Viñas, y también está acá, acá – The Master se tocó el corazón. —Perdóneme, pero me niego a entrar a ese círculo que pertenece a un infierno burgués como el dantesco. El verdadero infierno no es burgués, y se parece más a una villa miseria que a las tonterías que imaginó el poeta florentino, sin duda muy interesantes desde lo ficticio, desde lo meramente literario... Lo mío es otra cosa, Viñas. Lo que yo escribo ni siquiera puede ser publicado en un libro (idea burguesa si las hay). Lo mío va a estar escrito con metal en las paredes de las celdas, con una rama en el légamo, con amor en los cuerpos de los caídos... Lo mío es otra cosa, Viñas. Perdóneme.
            —Acepto sus argumentos, The Master. Me parece incuestionable su planteo. Coincido. De todos modos, lo que yo le propongo es que se relaje un poco, que se deje llevar por la psicodelia, ya que, según veo, usted está dado vuelta como una media... Dele..., afloje un poco esa seriedad, hombre... Y entre, que ahí está más calentito...
            The Master accedió y caminaron hacia la enorme puerta de hierro del “Décimo círculo del infierno dantesco de Viñas: el círculo de los gorilas”.
            En aquella puerta había un cartel: “Señores gorilas: Abandonad toda estrategia los que entréis aquí”.
            Viñas y The Master entraron.
            Aquel círculo estaba lleno de humo, como si fuera una película de las que hablaba las otras noches ese tal Pino amigo de Cipe.
            —Me fascina el humo – había dicho Pino. —Mis películas van a tener humo, mucho humo... y sus metáforas, que son el tango, el exilio, la nostalgia, los adoquines, la juventud perdida, la palabra “sur”...
            A todo eso se parecía aquel círculo.           
            —Venga, The Master. Mire esto.
           
            The Master siguió la indicación de Viñas y pasaron por una vidriera similar a la de cualquier negocio. Sin embrago lo que se veía adentro era uno de los espectáculos más desagradables que a The Master le había tocado ver en su vida: Ernesto Sábato, o mejor dicho: la mitad derecha de Ernesto Sábato, pintaba  su auto retrato al que también le faltaba la parte izquierda. Cada tanto, el anciano gritaba a causa del dolor que le provocaba la partición nada piadosa ni aséptica a la que había sido sometido, y que aún no había cicatrizado. Lo rodeaba una nube de moscas. 
            The Máster tosió a causa del asco. Viñas le palmeó la espalda.
            —Tiene que tener estómago, amigo —le dijo. —Esto es lo menos asqueroso que va a encontrarse aquí.
            —¿Qué le pasó? —preguntó The Master -. ¿Por qué está así?
            —A la otra mitad se la perdonamos. Sólo le condenamos su parte reaccionaria. Esa parte que obliga a la otra a apoyar el gobierno de Videla, a callar lo que ni siquiera Borges ha callado.
Por eso su parte derecha está aquí, en el sector de los escritores gorilas... Hay unos cuantos. Sígame, mire...
En vidrieras semejantes a la de Sábato, desfilaron ante sus ojos Lugones, Silvina Bullrich, Bioy Casares, Félix Luna, Borges, Ernesto Bianco, Mujica Láinez... Miles de escritores y poetas..., todos padeciendo alguna clase de tormento eterno: el de Lugones, por ejemplo, era el de ser golpeado de un modo muy brutal por su propia sombra, que a veces llegaba hasta arrastrarlo de los pelos por toda la habitación. El tormento de Silvina Bullrich era más sencillo pero no menos doloroso: sencillamente, se le negaba el alcohol, aunque todo a su alrededor hacía referencia a él: su habitáculo estaba lleno de botellas vacías, de corchos, de fotos de viñedos, de fotos de perfumes, de fotos de gente bebiendo perfume en absoluta felicidad... El de Ernesto Bianco era un tormento antihigiénico: le colgaban ratas de todo el cuerpo, incluso de la cara. Sangraba. De pies a cabeza, porque las ratas debían usar los dientes y las uñas para no caer...
En la última de las vidrieras sólo había una mano, una mano derecha que iba de un lado a otro de su habitáculo como perdida.
—¿Y esto? —le preguntó The Master.
Viñas levantó su brazo derecho y The Master observó que el brazo de su camarada terminaba en un muñón.
—Sí —dijo Viñas. —Esa es mi mano. Hace unos años, yo había salido con una muchacha muy joven, veinte años menor que yo, y anduve con ella de bar en bar, bebiendo, y terminé malísimamente mal... Tan mal, amigo mío, que en un momento me crucé en la calle con el hijo de puta de Massera y le di la mano. “¿Cómo le va, Viñas?”, me dijo él, y yo como un imbécil le di la mano. ¡Le di la mano! Y no pude ni puedo perdonármelo. Por eso tomé esta decisión. Siempre hay una parte nuestra que se merece el infierno... —Viñas me palmeó la espalda con el muñón y dijo: —¿Seguimos? Hay más cosas por allá. 
            El segundo sector de aquel círculo era diez veces más repugnante que el anterior. Allí no había vidrieras, y los penitentes se paseaban por un lugar común a todos.            
            The Master esta vez no pudo tolerarlo y vomitó.
            —Reconozco que no hay estómago que aguante este sector —dijo Viñas—. El cambio respecto del anterior es muy brusco. Aquí ya nada es concebible, nada lo que se ve aquí se puede aceptar. Es inmundo no por lo sucio sino por lo extraño, por lo enajenado. Reconozco que es la parte de mi círculo que más orgullo me provoca. La verdad, y lo digo con humildad revolucionaria, creo que acá me pasé.   
            Lo que se veía allí era gente literalmente destrozada, partida en miles de pedazos. Cada uno de esos pedazos tenía movimiento y en la mayoría de los casos pugnaba sin éxito por la unidad, por organizarse con los otros pedazos y armar un cuerpo más o menos humano, creíble, democrático.             
            —¿Quiénes son? – preguntó The Master.
            —¿No se dio cuenta, todavía?
            —No.
            —Son los gorilas de la prensa, la radio y la televisión.  Los periodistas gorilas, sin los cuales es imposible ninguna dictadura.
            —¿No será demasiado castigo?
            —No, si juzgamos su compromiso con la persecución y la muerte. Fueron cómplices, cómplices necesarios...
            En ese momento pasaron cerca de ellos dos montañas de fragmentos humanos que ya no trataban de armar un cuerpo verosímil; estas dos montañas, sin duda pertenecientes a dos cuerpo distintos, avanzaban resignadas a estar así, desarmadas, para siempre.  
            —¿Puedo hablarles? – le preguntó The Master a Viñas.
            —Sí, claro que sí. Pero recuerde: no se deje tocar.
            The Master se acercó a las dos montañas de fragmentos y les preguntó quiénes eran. Le contestó una de las montañas, la más pequeña, con voz de mujer.
            —Yo soy Mónica y él es César..., ambos periodistas de televisión...
            The Master dejó pasar unos segundos y luego preguntó:
            —¿Por qué están acá?
            Por un momento, la montaña de fragmentos que correspondía a César vibró de un modo distinto, se agitó, como si estuviera a punto de responder. Sin embargo, fue la montaña de Mónica la que contestó:
            —Pecamos —dijo. —Pecamos por omisión, y eso en nuestro sacerdocio es imperdonable. Nos dejamos llevar por el amor que acababa de nacer entre nosotros y nos olvidamos de que alrededor nuestro había un país que necesitaba saber la verdad. Los de arriba nos pedían que dijéramos tal cosa y lo decíamos. Nos pedían que calláramos tal otra y la callábamos. Total, qué nos importaba. Lo único importante para nosotros era que nos amábamos y nos teníamos el uno al otro... Sin embargo, sin darnos cuenta, ese enceguecimiento de amor nos llevó a estafar a nuestro público, que creía en nosotros y creyó siempre, porque éramos garantía de seriedad y honestidad periodística. Y ahora...  Ahora... —la mujer, o eso que tenía voz de mujer, comenzó a llorar...
            En ese momento Viñas, que vio que los ojos de The Master se enrojecían de compasión, se acercó a él.
            —Vamos —le dijo. —Vamos... Queda mucho por recorrer.
            —No —dijo The Master. —Basta, no soporto este lugar. 
            —Sé que es insoportable, pero usted está muy drogado, The Master, y no tiene otra camino que seguir... Sigamos.   

            The Master y Viñas continuaron el camino. Antes de abandonar el sector The Master se dio vuelta y vio cómo las dos montañas de fragmentos humanos se alejaban tristemente, con pasos heridos, y se hundían en la negrura. 

            —Este tercer sector no es tan repulsivo, aunque le confieso que a mí no hay nada que me provoque más asco que el aburrimiento. Y este sector tiene eso: condena al aburrimiento... Es el sector de los anti-abortista, los que se oponen a la libertad de las muchachas de parir un hijo o no... Pero bueno, basta de cháchara. Pase, amigo.

            En este sector también había vidrieras como en el primero. En cada vidriera había un condenado. El castigo, como bien había señalado Viñas, no impresionó a The Master tanto como los anteriores. Se paseó por las vidrieras casi sin demostrar compasión, como si aquello que veía no le inspirase sentimiento alguno.
            Los confinados a ese sector estaban condenados a empollar un enorme huevo del tamaño de una persona. Eso era todo. Tenían que empollar y empollar. Por siempre. Todo lo demás se les estaba negado. Y por más que alguno de los condenados daba muestras de padecer horribles dolores a causa de estar todo el tiempo en la misma posición, e incluso algunos tenían los glúteos repletos de llagas, The Master pasó por el sector sin querer hablar con nadie.
            —¿Reconoce a alguien? —le preguntó Viñas.      

            —Me pareció ver a un conductor de televisión.

            —Sí... Gerardo Sofovich. El “Ruso” Sofovich. En varios reportajes se proclamó en contra de la legalización del aborto, así que eso le basta para estar en mi círculo dantesco. Tranquilamente podría haber estado en otro sector, pero preferí este porque me pareció el más aburrido para él.  El peor.
            De pronto The Master se quedó petrificado:
            —¿Y ese que está allí..? ¿Es Piero, no?
            —Sí, pobre. Al él le pasó como a Víctor. Estuvo aquí, se dejó tocar por alguien y cuando salió había cambiado de opinión respecto del aborto. Se hizo anti-abortista... Y bueno... Me costó mucho tomar la decisión, pero tuve que ser justo. Así como está mi mano, tiene que estar Piero... Eso es la decisión correcta... ¿Quiere saber algo de algún otro?
            —No. Salgamos de aquí. Vamos.
            Viñas y The Master salieron de aquel sector y pasaron después a una especie de parroquia sin cruces.
            Allí había una larga fila de sacerdotes esperando para comulgarse. El encargado de impartir el sacramento era una especie un bicho extraño, mezcla de hiena y tigre, muy horrible, y las hostias no estaban hechas con el cuerpo de Cristo (es decir: pan) sino que eran de metal incandescente.
            —Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh —gritaba cada párroco al recibir su hostia y enseguida, con la boca sangrando y echando humo, se dirigía al final de la larga fila para esperar que le llegara el turno de volver a comulgarse.
            —Aquí están los... —dijo Viñas, pero enseguida The Master lo interrumpió:
            —No me diga nada. No hace falta aclarar quiénes están aquí. Es evidente.
            —¿Conoce a alguno?
            —Sí. Ese es Lombardero, ¿no?
            —Sí. Flor de hijo de puta.
            —Y ese el padre Batista, el que me bautizó a mí... 
            —Otro flor de hijo de puta...
            —¿Y ese pelado?
            Viñas sonrió y lo miró a los ojos.
            —No me diga que no lo conoce, hombre.
            —¿Es él? – The Master no salía de su asombro -. ¿En serio?
            —¡Claro que es él...! No podía faltar aquí... El Vaticano también tuvo su gran cuota de responsabilidad.  Pudo haber hecho algo para evitar la masacre que los gobiernos militares realizaban en América Latina. Sin embargo, silencio absoluto.
            —¿Habla castellano?
            —No, dice solamente: “Dious bendiga a Aryentina...”. No pierda el tiempo con él. Hágame caso.
            Cuando salieron de aquella parroquia, The Master le preguntó a Viñas cuántos sectores quedaban.
            —Cuarenta y seis. Son muchos, pero le juro que vale la pena.
—Sí, pero otro día. Por hoy ya basta. Ya tuve suficiente.
—¿No le intriga seguir viendo?
—No. Solamente me gustaría ver el sector en el que están ellos, los peores de todos...
            Viñas sonrió:
            —Todos buscan lo mismo. Ven cinco o seis sectores y enseguida se cansan. Salvo Cipe, que los vio todos, el resto de los que vino no pasó de diez. Eso sí: ninguno se va sin pasar a ver a esos turros... Ese es como el sector de La Giocconda en el Louvre: todos quieren ir allí. —Viñas negó con la cabeza para sí mismo.  —En fin, vamos...
            Para ir ver a los militares golpistas fue necesario bajar por una escalera de cemento. 
            Bajaron caracoleando.
            —Ahora prepárese —dijo Viñas. —No todo el mundo resiste ver más de cinco segundos... ¿Está listo?
            —Sí —dijo The Master.
            Viñas corrió una pesada puerta corrediza parecida a la de un garage.
            The Master vio las sombras proyectadas contra las paredes descascaradas, oyó los gritos, y dijo basta.
            —Basta... Cierre la puerta.
            Viñas le hizo caso.
            Se miraron. A los ojos.
            —Usted es un perverso, Viñas – le dijo The Master.
            —Le recuerdo que todo esto es un delirio suyo y del ácido lisérgico... Así que si acá hay un perverso, el perverso es usted...
            —¿Cómo pudo imaginar una cosa así?
            —No la imaginé yo, la imaginaron ellos... Ellos mismos...
            The Master comenzó a subir la escalera caracol.        
—Igual, Viñas, usted es un perverso, no me joda. Nadie que esté bien de la cabeza puede mostrar algo semejante.  
            —No se enoje, Themy —sonrió Viñas. —¿Así le dice Natacha, no?
            The Master sonrió también:
            —¿Ve que tengo razón, Viñas? Usted está desquiciado...

CAPÍTULO XXII

XXII

Flash




En uno de sus sueños lisérgicos The Master se vio de pronto en un sitio oscuro. Sólo había una luz, a lo lejos, una luz azulada que se movía como un péndulo y parecía llamarlo. The Master fue hacia ella.
            Después de atravesar la oscuridad espesa que lo rodeaba, descubrió que la luz pendular iluminaba un pequeño escenario vacío. Frente al escenario había sólo una butaca. Se sentó.
             
(Abre el telón. Aparece en el escenario LA REVOLUCIÓN. Es una mujer hermosa, joven —no llega a los treinta años— . Viste ropa holgada y lleva los cabellos largos y despeinados. En su mano derecha tiene un pomo de dentífrico apretado por la mitad. LA REVOLUCIÓN mira a The Master y le sonríe. Luego aparecen dos hermanos siameses, un hombre y una mujer: El MARTILLO y LA HOZ. Los dos visten de rojo y también le sonríen a The Master con simpatía. Por último aparece LATINOAMÉRICA TODA, que es también joven y hermosa como LA REVOLUCIÓN, aunque está maltrecha, herida, como enferma).

LA REVOLUCIÓN
(A todos)
Nuestra hora ha llagado...,  perdón: ha llegado... La opresión agoniza, está viviendo sus últimos días... Tenemos que estar preparados para actuar cuanto antes.

EL MARTILLO

Yo ya estoy preparado.

         

LA HOZ

Yo también...

(Todos miran a LATINOAMÉRICA TODA, esperando que hable. Ella no contesta).

LA REVOLUCIÓN

(Intrigada, se dirige a LATINOAMÉRICA TODA)
¿Qué te pasa? ¿No estás preparada todavía?

(LATINOAMÉRICA TODA la mira pero no contesta. Hay un silencio tenso que es interrumpido de pronto por EL MARTILLO).

EL MARTILLO

(A LA REVOLUCIÓN)
Te dije que no iba a poder..., que no se iba a animar... Está demasiado golpeada... Ha nacido para la opresión, para ser arrasada... No sé para qué perdimos tanto tiempo..., para qué gastamos tantas palabras... No es más que una salvaje.
(EL MARILLO y LA HOZ salen, ofuscados. LA REVOLUCIÓN le habla a LATINOAMÉRICA TODA)


LA REVOLUCIÓN
(Tierna, como una madre)
Yo aún confío en vos. Te creo. Y sé que no sos una salvaje. (LA REVOLUCIÓN empieza a retirarse).  Sé que estás preparada. Y sé también que tenés con qué.

(LA REVOLUCIÓN sale. LATINOAMÉRICA TODA se queda con la mirada perdida. Aparece CRISTÓBAL COLÓN. Por el efecto de las luces se entiende que se trata de una alucinación. CRISTÓBAL COLÓN mira a LATINOAMÉRICA TODA con desprecio. Ríe. Ríe con una sonrisa agresiva, demoníaca).  

CRISTÓBAL COLÓN
(A LATINOAMÉRICA TODA, que lo ignora)
¡Qué ilusa! ¡Qué manera de creer idioteces! Nunca, nunca vas a dejar de ser una oprimida, una salvaje, una tercermundista. Todo está hecho en el mundo para que no dejes ni un segundo de parir nuevas desgracias... Desde que te vi desde el mar me dije: está hecha para ser conquistada. Conquistada, con todo lo que esa palabra implica de despreciable y horroroso. Y entonces decidí enfermarte de desprecio y horror... 

(CRISTÓBAL COLÓN vuelve a reír a carcajadas y sale. LATINOAMÉRICA TODA queda sola en el escenario, tapándose los oídos para que las risas de C. COLÓN no la perturben. Finalmente las carcajadas cesan y empieza a escucharse el tema “El unicornio”, de Silvio Rodríguez. LATINOAMÉRICA TODA baila en círculos sobre sí misma, la mirada perdida. Entra el POETA LATINOAMERICANO. Es un hombre de unos cuarenta años; usa anteojos y gorra de poeta. Camina con pasos seguros hacia LATINOAMÉRICA TODA. La besa en los labios, dulcemente. Es un largo beso, de dos buenos amantes. Sus labios se separan. LATINOAMÉRICA TODA mira al POETA con ojos de recién besada).

POETA LATINOAMERICANO
Estoy aquí para servirte, para amarte cada vez que me lo pidas. Todos mis versos son para ti, Oh Laty. Con sólo pronunciar tu nombre siento que la boca se me llena de la humedad de tu tierra, de tus minerales, de tus cielos puros, tus lunas rojas... Oh Laty. Sé que durante mucho tiempo te descuidé. Me perdí en la vana estética, en la tontería, fui de vanguardia en vanguardia encontrando siempre lo mismo: separación entre el artista y el mundo, entre el artista y el hambre de su pueblo. Y  me harté de darle la espalda a todo eso, y todo eso de pronto fue tan mío que me asusté, me llené de terror, pero ya no pude dejar de amarte ni pude arrancarte de mis palabras  (EL POETA LATIOAMERICANO vuelve a besar a LATINOAMÉRICA TODA). La boca de Europa no besa como la tuya. Nada en el mundo, Oh Laty, se asemeja a tus labios... Por eso no he de abandonarte nunca, y por eso estoy dispuesto a pelear por ti junto a todos los que te quieren ver bien, digna, feliz.

(Entran EL OBRERO, vestido con overol azul, LA IGUALDAD SOCIAL, que viste con absoluta austeridad y trae de la mano un morocho de utilería, y  EL MAYO FRANCÉS, que viste de jeans y lleva una remera estampada con la frase: “La imaginación al poder”. Luego entra CRISTO GUERRILLERO, vestido con uniforme de soldado, barbudo, flaco, con la mirada profunda de quien está dispuesto a todo. Entra el ÁCIDO LISÉRGICO, que es una mujer vestida con ropa psicodélica, ajustada, evadida. Al notar a la chica, todos los demás ponen mala cara).

CRISTO G.
(Con desprecio)
Aquí no hay lugar para la evasión que usted propone. Acá no nos hacen falta colores, no nos hace falta la música frívola, no nos hace falta crucificar nuestros ojos en la mirada perdida e idiota que usted propone y alimenta. Acá sólo hay lugar para la realidad.

EL OBRERO
(Al ÁCIDO LISÉRGICO)
¿No entendió lo que le dijo Él? Váyase, váyase...

ACIDO LISÉRGICO
Me iré cuando las eclécticas palomas huyan desde la fosforescencia primaria hasta el agua individual de cada uno de nuestros crepúsculos.  Sólo entonces me iré.

EL OBRERO
¿Qué carajo está diciendo?

 

CRISTO

Estupideces. Incoherencias. Nada que tenga que ver con la realidad. Un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y de furia, y que no significa nada...  

 

ACIDO LISÉRGICO

Idiotas los ojos que rasgan la pendiente. La fe, ese coágulo, nos ha abandonado, nos ha tragado como a flores, nos aturde en acústicos colores resplandecientes.

 

CRISTO

(Toma su metralleta)
¡Basta! ¡Basta! No soporto más tanta idiotez... (CRISTO dispara contra el ÁCIDO LISÉRGICO. El ÁCIDO LISÉRGICO cae).

 ÁCIDO LISÉRGICO

(Agonizante, los ojos hacia el cielo)

Yo sólo quería mi vestido de luces, encontrar un modo de vivir que de veras fueras distinto, que no fuera tan triste... La eclécticas palomas se equivocaron... El submarino amarillo hace años que se hundió...  Quiero luz..., quiero luces de colores, quiero morir aspirando el humo de las luces distorsionadas, quiero ver por última vez cómo todo se descompone, cómo todo se afloja, cómo se deshacen los bordes, cómo respiran las cosas...


(Muere. Todos los que quedan de pie miran ahora a LATINOAMÉRICA TODA. Tomados de la mano, arman alrededor de ella una ronda. Cantan un himno a la libertad, mientras ella baila en el centro).

TODOS

(Cantando en ronda)
Sabemos que la montaña es alta
Pero a la cima hemos de llegar.
Sabemos que soñar es peligroso,
Pero no dejaremos nunca de soñar.

Sabemos que es brutal el enemigo
Sabemos que el dragón atacará
Pero unidos todos de la mano
¡El dragón nunca podrá! ¡Nunca podrá!

Y viviremos todos en Libertad.
En Libertad.
Viviremos para siempre
¡En libertad!

 Sabemos muy bien que es difícil,
No hace falta que lo vengas a aclarar.
Pero los grandes pueblos aman lo imposible.    
¡No dejaremos nunca de soñar!

¡Ven, sumate a nuestro canto!  
¡Siempre habrá lugar para uno más!
Canta esta canción con nosotros
Que Latinoamérica Toda pronto vencerá.

LATINOAMÉRICA TODA

(Canta sólo ella, a capella)
 Y viviremos todos en Libertad.
En Libertad.
Viviremos para siempre 
¡En Libertad!

(Al terminar la canción, todos ríen, felices. Entra LA REVOLUCIÓN).

LA REVOLUCIÓN
¿Y?

LATINOAMÉRICA TODA

(Sonriente)
Ya estoy lista.

(Telón)