Antes de empezar a hablar de Primaveral, no puedo dejar de recordar tres fechas de mi biografía marcadas a fuego por el maestro Fernández Comente, tres episodios en los que mi vida se cruzó, de una manera quien sabe si casual o fatal, con la vida y los avatares de quien desde entonces considero un faro de mi vida intelectual.
El primero de ellos tiene que ver con los días en que un compañero de estudios, Giuliano Mancione, me hizo notar la existencia de una persona que cursaba varias materias del profesorado al que concurríamos, pero con una particularidad no poco extraña: ingresaba a las aulas y permanecía en ellas nunca más de media hora de un momento arbitrario de la clase (podía ser alternativamente al principio, en cualquier momento del transcurso o al final de las clases). Esos días inauguraban un período de aventuras, aventuras quizá más intelectuales que vitales, pero aventuras al fin, que en gran medida girarían alrededor de la figura de ese esporádico compañero (a la luz del conocimiento posterior de su figura, llamarlo compañero me resulta un tanto incómodo por lo vanidoso).
Comenzamos a seguirlo, a espiarlo, a intentar acercarnos a él con la cholula firmeza del que cree que solamente teniendo contacto personal con las personas brillantes o talentosas, no digo siquiera se puede volver talentosa, sino que incluso se puede aprovechar el talento del otro. Llegábamos antes al aula y lo esperábamos como quien en medio del invierno puede permanecer una hora en la puerta de un teatro para ver salir a la primera estrella o a la figurita de moda, solíamos meternos en los mismos cafés que él, seguirlo a veces como quien ha perdido una mujer y busca encontrarla en los brazos de otro, tercamente, obsesivamente, amorosamente. De esta manera sabríamos, entre tantas cosas, que, al estilo de los grandes ajedrecistas, tomaba clases simultáneas de varias materias con el desafío de poder aprobarlas todas siguiendo la lógica metonímica de que un fragmento de la clase equivalía a todo su contenido. Áspero desafío del intelectual despreciado por la academia contra sus viejos compañeros de ruta. Pero este es un tema que excede las motivaciones de esta evocación.
La segunda fecha es la primera que transcurre en la casa de Martín Sancia, a la postre copista de Primaveral, compañero del mismo profesorado e iniciado en la obra del Fernández Comente (a quien desde ahora llamaré solamente el maestro). Una noche de una cena de esas cenas que se hacen para integrar al grupo en los ámbitos más disímiles, Martín nos leyó un fragmento de un cuento aparentemente inconcluso, las primeras palabras del maestro que llegaron a mis oídos. No las olvidaré jamás:
Es inconcebible el atrevimiento de nuestras propias obras que en ciertas circunstancias llegan a invadir nuestra vida real de una forma obscena y amenazante. Como ahora que veo los destellos del último sol contra mi ventana y estoy releyendo y corrigiendo un cuento inconcluso sobre la irrupción de la obra en la vida del escritor, un cuento dudosamente policial, con lluvia y niebla: Y llueve también aquí, y la niebla vuelve todo profundamente opaco. YO por supuesto no me lo creo. YO por supuesto instalo la sospecha sobre estos hechos.
Como ustedes imaginarán, una cena entre estudiantes de literatura termina con la gente ebria leyendo fragmentos de textos propios y ajenos con una pasión que sólo ameritaría el fin del mundo (aunque podría aplicarse, en un caso tan extremo, a placeres más rentables) y charlando sobre los hechos más variados, reales o apócrifos, pero relacionados todos al mundillo intelectual. Lo único que nos interesaba por aquel entonces. Las anécdotas sobre personas conocidas del jet set intelectual (el jet set con menos brillos de la constelación humana) eran de buena factura y nuestro anfitrión no sólo conocía esa obra desconocida para absolutamente todos los presentes, sino que conocía personalmente al autor de esas línea que nos habían dejado, por lo menos, confundidos.
Así y hasta las ocho de la mañana (sobre la hora a la que nos fuimos hay fuertes diferencias que en algún momento llegaron a trazar la línea divisoria entre dos líneas internas de los seguidores del maestro- la Línea Ocho de la mañana y la Línea Mediodía) nuestros cerebros se esforzaron en acumular toda la información, la mayor cantidad que podíamos en el estado en el que estábamos, sobre el maestro, que Martín desplegó en el aire de su casa, desordenada e incomprensible, la casa de un escritor.
Este episodio tiene una continuidad indiscutible con otro hecho apenas unos meses posterior. Martín había conseguido una cita con el maestro en una fonda enfrente de su casa; éramos seis personas (recuerdo a casi todos, soy amigo de ellos, no quiero nombrarlos porque no quiero molestar a alguien con un olvido involuntario, además, tratándose de ciertos temas y en vistas de la infinidad de divisiones que cruzan esta historia, no sé si sería más ofensivo ser nombrado u olvidado en esta evocación[1]). Nos juntamos dos horas antes para prepararnos para ese encuentro. Ya habíamos leído otros textos suyos, siempre fragmentarios, y Martín nos reunió para instruirnos sobre los temas de los que podíamos hablar en un primer encuentro con él, aquellos con los que podíamos incomodarlo, las preguntas que no sería prudente hacerle en una primera charla. Fue un acto sagrado, un rito de iniciación a un conocimiento oculto. Una experiencia pitagórica.
Ustedes preguntarán por qué nombro esa reunión previa al encuentro como un momento significativo y no al propio encuentro con el maestro. Esto se debe a que una charla con él es una experiencia que no pertenece a este mundo, o sea, sobre la que no se puede escribir.
El tercer hecho que acude siempre a mi memoria o a mis emociones cuando hablo del maestro, también transcurre en la casa de Martín. Luego de la cena de rigor, nuestro anfitrión nos leyó su reconstrucción de una de las obras terminadas más trascendentes y perfectas, influyentes y rupturistas, del maestro: Primaveral: una novela setentista. En otras oportunidades Martín nos había hablado de ella y nos había narrado oralmente pero con una precisión asombrosa capítulos enteros de la novela. Primaveral había sido publicada con una tirada casi artesanal y distribuída en diferentes librerías de viejos, usados y saldos de
Unos años más tarde, ocurrió otro hecho digno de contar en torno a Primaveral, pero para ese entonces ya el maestro se había transformado para nosotros en un universo tan vasto que Primaveral era apenas una constelación del mismo, un punto alto y luminoso, es verdad, pero un punto más entre tantos de igual envergadura en ese universo. Perdido en una de esas bateas de las librerías de la calle Corrientes donde los libros son tratados como si fueran los mariscos frescos exhibidos en los piletones de una pescadería de mala reputación, encontré un día, una edición original de la obra. Las diferencias entre el original y la transcripción son casi nulas. Martín era Pierre Menard. Los avatares que atravesé para adquirir la obra redundan en una situación un tanto asfixiante: el vendedor intuyó por mi entusiasmo el valor que tenía esa obra, hasta entonces despreciada, y me dijo que se había confundido de batea, que el libro era más caro; peleé por una rebaja, fracasé, pedí dinero a los transeúntes sin mucho éxito, regresé a mi casa con la idea de volver al otro día, recé (por aquel entonces era un intelectual en ciernes católico, hoy esto me parece inadmisible) para que no la vendieran, maldormí sólo algunas horas hasta que a primera hora de la mañana del día siguiente partí hacia la librería en busca de mi ejemplar y lo conseguí sin mayores problemas. Lo llevé a mi casa, lo olí, lo toqué, lo miré durante horas posado sobre la mesa, temí leerlo y que fuera otra cosa, distinta de la que Martín nos había hecho conocer. Finalmente lo leí: era la misma obra. Una vez más todo encajaba. Cuando terminé de leerla la quemé, para siempre, que es como se queman todas las cosas.
En medio de estos episodios, desde entonces y hasta hoy el Maestro se ha transformado en un autor de culto para nosotros, en una personalidad de culto me animo a decir. Y en torno a él se abre un abanico de apologías y rechazos, detractores y vindicadores, polémicas, anécdotas, muchas de ellas muy anteriores a nuestro acercamiento a él, algunas incluso anteriores a nuestro nacimiento. Su época dorada, su marginalización inducida del ámbito académico, sus posturas duelistas, sus aberraciones, sus ideas, todo lo que de él salio fue un imán.
En torno a él, a su luminosidad, nació el Círculo del Maestro, también llamado el Círculo de Ayacucho, El Círculo del Alicia o, simplemente, El Círculo, y comenzó la larga lucha por la recuperación, la difusión, el enaltecimiento, de su obra y su figura. Hoy podemos ofrecer por vía digital esta obra maestra, este clásico. Prontamente quizá podamos compartir otra de sus maravillas.
[1] Nota agregada a último momento, antes de entregar para la publicación: “Hay otro problema. Estoy seguro de que éramos seis; sin embargo, cada vez que quiero repasar los nombres de esos amigos cuento nueve. Es extraño pero a la vez real. Llegado a este punto de quiebre con lo racional, poco debería importarme la cortesía; así pues, para resolver esto lo pongo, como lo entiendo: Éramos seis personas: Ariel Zagarese, Johanna Tonini, Estrella Nieto, Ramiro
[2] Versiones difamatorias, provenientes ya no de los eternos denostadores del maestro, sino de conversos y traidores, antiguos seguidores que dividieron aguas desde adentro primero para luego ponerse en la vereda de los críticos más feroces, sugieren que el autor de la novela sería Sancia y que a eso se debe su conocimiento de la misma.
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