XXIII
El Divino Flash
En otro de sus tantos sueños lisérgicos The Masther se vio perdido en medio de una selva oscura. No sabía, no recordaba cómo había llegado allí, aunque no le costaba mucho deducirlo. Sólo había dos modos de terminar perdido en una selva: por La Revolución o por una mujer. Eso lo tenía claro. Así que siguió caminado hacia delante, hacia la parte más espesa de la vegetación, como si esperara que fuera la misma selva la que le diera la respuesta.
Escuchó unos pájaros. Muchos, millares. Gritaban como los cuervos o las urracas.
—Hola... —oyó que le decían, y pronto vio emerger de las sombras a David Viñas.
—¡Viñas! —exclamó The Master.
—¿Cómo está, compañero The Master?
—Desorientado, Viñas, trémulo de exilio estoy. ¿Qué hago aquí? ¿Llegué aquí por La Revolución o por una mujer?
—La Revolución y La Mujer son una misma cosa, The Master. Eso ya es hora de que lo vaya sabiendo. Yo intenté escribir un libro en el cual pretendí establecer diferencias entre ambas, y ese libro está en blanco. Aquel que sea amado demasiado por las mujeres termina siendo revolucionario, amigo mío. Y usted, puedo notarlo en su cara, es uno de ellos, uno de esos hombres. Así que bienvenido a mi círculo infernal, el círculo que he agregado al infierno dantesco y que las futuras generaciones leerán como una parte de la Divina Comedia. ¡Bienvenido al Círculo de los gorilas!, que obviamente figura en el lugar más profundo del reino de Lucifer. Pase, échele un vistazo, camarada. Eso sí, tenga cuidado. No se deje tocar por ningún penitente. Aquel de los nuestros que sea tocado por uno de ellos pierde instantáneamente alguna de sus ideas Revolucionarias. Víctor, por ejemplo, dejó de estar a favor de la ley de Divorcio... “No estoy en contra del Divorcio”, empezó a decir. “Estoy a favor de la familia”. En ese tema se dio vuelta como una tortilla. El día y la noche con lo que pensaba antes, que es lo mismo que pensábamos y pensamos nosotros, los librepensadores, que no cambiamos más veces de pareja porque el día tiene veinticuatro horas... Es así. El infierno, la Idea del infierno, sólo existe para llenar al ser humano de contradicciones... Por eso, amigo, hágame caso. No se deje tocar por nadie.
The Master y Viñas continuaron el camino. Antes de abandonar el sector The Master se dio vuelta y vio cómo las dos montañas de fragmentos humanos se alejaban tristemente, con pasos heridos, y se hundían en la negrura.
—Este tercer sector no es tan repulsivo, aunque le confieso que a mí no hay nada que me provoque más asco que el aburrimiento. Y este sector tiene eso: condena al aburrimiento... Es el sector de los anti-abortista, los que se oponen a la libertad de las muchachas de parir un hijo o no... Pero bueno, basta de cháchara. Pase, amigo.
En este sector también había vidrieras como en el primero. En cada vidriera había un condenado. El castigo, como bien había señalado Viñas, no impresionó a The Master tanto como los anteriores. Se paseó por las vidrieras casi sin demostrar compasión, como si aquello que veía no le inspirase sentimiento alguno.
Los confinados a ese sector estaban condenados a empollar un enorme huevo del tamaño de una persona. Eso era todo. Tenían que empollar y empollar. Por siempre. Todo lo demás se les estaba negado. Y por más que alguno de los condenados daba muestras de padecer horribles dolores a causa de estar todo el tiempo en la misma posición, e incluso algunos tenían los glúteos repletos de llagas, The Master pasó por el sector sin querer hablar con nadie.
—¿Reconoce a alguien? —le preguntó Viñas.
—Me pareció ver a un conductor de televisión.
—Sí... Gerardo Sofovich. El “Ruso” Sofovich. En varios reportajes se proclamó en contra de la legalización del aborto, así que eso le basta para estar en mi círculo dantesco. Tranquilamente podría haber estado en otro sector, pero preferí este porque me pareció el más aburrido para él. El peor.
De pronto The Master se quedó petrificado:
—¿Y ese que está allí..? ¿Es Piero, no?
—Sí, pobre. Al él le pasó como a Víctor. Estuvo aquí, se dejó tocar por alguien y cuando salió había cambiado de opinión respecto del aborto. Se hizo anti-abortista... Y bueno... Me costó mucho tomar la decisión, pero tuve que ser justo. Así como está mi mano, tiene que estar Piero... Eso es la decisión correcta... ¿Quiere saber algo de algún otro?
—No. Salgamos de aquí. Vamos.
Viñas y The Master salieron de aquel sector y pasaron después a una especie de parroquia sin cruces.
Allí había una larga fila de sacerdotes esperando para comulgarse. El encargado de impartir el sacramento era una especie un bicho extraño, mezcla de hiena y tigre, muy horrible, y las hostias no estaban hechas con el cuerpo de Cristo (es decir: pan) sino que eran de metal incandescente.
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh —gritaba cada párroco al recibir su hostia y enseguida, con la boca sangrando y echando humo, se dirigía al final de la larga fila para esperar que le llegara el turno de volver a comulgarse.
—Aquí están los... —dijo Viñas, pero enseguida The Master lo interrumpió:
—No me diga nada. No hace falta aclarar quiénes están aquí. Es evidente.
—¿Conoce a alguno?
—Sí. Ese es Lombardero, ¿no?
—Sí. Flor de hijo de puta.
—Y ese el padre Batista, el que me bautizó a mí...
—Otro flor de hijo de puta...
—¿Y ese pelado?
Viñas sonrió y lo miró a los ojos.
—No me diga que no lo conoce, hombre.
—¿Es él? – The Master no salía de su asombro -. ¿En serio?
—¡Claro que es él...! No podía faltar aquí... El Vaticano también tuvo su gran cuota de responsabilidad. Pudo haber hecho algo para evitar la masacre que los gobiernos militares realizaban en América Latina. Sin embargo, silencio absoluto.
—¿Habla castellano?
—No, dice solamente: “Dious bendiga a Aryentina...”. No pierda el tiempo con él. Hágame caso.
Cuando salieron de aquella parroquia, The Master le preguntó a Viñas cuántos sectores quedaban.
—Cuarenta y seis. Son muchos, pero le juro que vale la pena.
—Sí, pero otro día. Por hoy ya basta. Ya tuve suficiente.
—¿No le intriga seguir viendo?
—No. Solamente me gustaría ver el sector en el que están ellos, los peores de todos...
Viñas sonrió:
—Todos buscan lo mismo. Ven cinco o seis sectores y enseguida se cansan. Salvo Cipe, que los vio todos, el resto de los que vino no pasó de diez. Eso sí: ninguno se va sin pasar a ver a esos turros... Ese es como el sector de La Giocconda en el Louvre: todos quieren ir allí. —Viñas negó con la cabeza para sí mismo. —En fin, vamos...
Para ir ver a los militares golpistas fue necesario bajar por una escalera de cemento.
Bajaron caracoleando.
—Ahora prepárese —dijo Viñas. —No todo el mundo resiste ver más de cinco segundos... ¿Está listo?
—Sí —dijo The Master.
Viñas corrió una pesada puerta corrediza parecida a la de un garage.
The Master vio las sombras proyectadas contra las paredes descascaradas, oyó los gritos, y dijo basta.
—Basta... Cierre la puerta.
Viñas le hizo caso.
Se miraron. A los ojos.
—Usted es un perverso, Viñas – le dijo The Master.
—Le recuerdo que todo esto es un delirio suyo y del ácido lisérgico... Así que si acá hay un perverso, el perverso es usted...
—¿Cómo pudo imaginar una cosa así?
—No la imaginé yo, la imaginaron ellos... Ellos mismos...
The Master comenzó a subir la escalera caracol.
—Igual, Viñas, usted es un perverso, no me joda. Nadie que esté bien de la cabeza puede mostrar algo semejante.
—No se enoje, Themy —sonrió Viñas. —¿Así le dice Natacha, no?
The Master sonrió también:
—¿Ve que tengo razón, Viñas? Usted está desquiciado...
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