martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULO XXIII

XXIII

El Divino Flash




            En otro de sus tantos sueños lisérgicos The Masther se vio perdido en medio de una selva oscura. No sabía, no recordaba cómo había llegado allí, aunque no le costaba mucho deducirlo. Sólo había dos modos de terminar perdido en una selva: por  La Revolución o por una mujer. Eso lo tenía claro. Así que siguió caminado hacia delante, hacia la parte más espesa de la vegetación, como si esperara que fuera la misma selva la que le diera la respuesta.
            Escuchó unos pájaros. Muchos, millares. Gritaban como los cuervos o las urracas.
            —Hola... —oyó que le decían, y pronto vio emerger de las sombras a David Viñas.
            —¡Viñas! —exclamó The Master.
            —¿Cómo está, compañero The Master?
            —Desorientado, Viñas, trémulo de exilio estoy. ¿Qué hago aquí? ¿Llegué aquí por La Revolución o por una mujer?
            —La Revolución y La Mujer son una misma cosa, The Master. Eso ya es hora de que lo vaya sabiendo. Yo intenté escribir un libro en el cual pretendí establecer diferencias entre ambas, y ese libro está en blanco. Aquel que sea amado demasiado por las mujeres termina siendo revolucionario, amigo mío. Y usted, puedo notarlo en su cara, es uno de ellos, uno de esos hombres. Así que bienvenido a mi círculo infernal, el círculo que he agregado al infierno dantesco y que las futuras generaciones leerán como una parte de la Divina Comedia.  ¡Bienvenido al Círculo de los gorilas!, que obviamente figura en el lugar más profundo del reino de Lucifer. Pase, échele un vistazo, camarada. Eso sí, tenga cuidado. No se deje tocar por ningún penitente. Aquel de los nuestros que sea tocado por uno de ellos pierde instantáneamente alguna de sus ideas Revolucionarias. Víctor, por ejemplo, dejó de estar a favor de la ley de Divorcio... “No estoy en contra del Divorcio”, empezó a decir. “Estoy a favor de la familia”. En ese tema se dio vuelta como una tortilla. El día y la noche con lo que pensaba antes, que es lo mismo que pensábamos y pensamos nosotros, los librepensadores,  que no cambiamos más veces de pareja porque el día tiene veinticuatro horas...  Es así. El infierno, la Idea del infierno, sólo existe para llenar al ser humano de contradicciones... Por eso, amigo, hágame caso. No se deje tocar por nadie.  
            —¿Puedo negarme a entrar?
            —Sí, pero creo que a esta altura de los acontecimientos sería una actitud poco literaria.
            —Es que usted no entiende, Viñas. Todo esto no es Literatura. Todo esto es verdad, y la literatura no es verdad ni refleja la verdad ni tiene una relación verdadera (es decir, seria) con la realidad. La Revolución se hace afuera de los libros, Viñas, y también está acá, acá – The Master se tocó el corazón. —Perdóneme, pero me niego a entrar a ese círculo que pertenece a un infierno burgués como el dantesco. El verdadero infierno no es burgués, y se parece más a una villa miseria que a las tonterías que imaginó el poeta florentino, sin duda muy interesantes desde lo ficticio, desde lo meramente literario... Lo mío es otra cosa, Viñas. Lo que yo escribo ni siquiera puede ser publicado en un libro (idea burguesa si las hay). Lo mío va a estar escrito con metal en las paredes de las celdas, con una rama en el légamo, con amor en los cuerpos de los caídos... Lo mío es otra cosa, Viñas. Perdóneme.
            —Acepto sus argumentos, The Master. Me parece incuestionable su planteo. Coincido. De todos modos, lo que yo le propongo es que se relaje un poco, que se deje llevar por la psicodelia, ya que, según veo, usted está dado vuelta como una media... Dele..., afloje un poco esa seriedad, hombre... Y entre, que ahí está más calentito...
            The Master accedió y caminaron hacia la enorme puerta de hierro del “Décimo círculo del infierno dantesco de Viñas: el círculo de los gorilas”.
            En aquella puerta había un cartel: “Señores gorilas: Abandonad toda estrategia los que entréis aquí”.
            Viñas y The Master entraron.
            Aquel círculo estaba lleno de humo, como si fuera una película de las que hablaba las otras noches ese tal Pino amigo de Cipe.
            —Me fascina el humo – había dicho Pino. —Mis películas van a tener humo, mucho humo... y sus metáforas, que son el tango, el exilio, la nostalgia, los adoquines, la juventud perdida, la palabra “sur”...
            A todo eso se parecía aquel círculo.           
            —Venga, The Master. Mire esto.
           
            The Master siguió la indicación de Viñas y pasaron por una vidriera similar a la de cualquier negocio. Sin embrago lo que se veía adentro era uno de los espectáculos más desagradables que a The Master le había tocado ver en su vida: Ernesto Sábato, o mejor dicho: la mitad derecha de Ernesto Sábato, pintaba  su auto retrato al que también le faltaba la parte izquierda. Cada tanto, el anciano gritaba a causa del dolor que le provocaba la partición nada piadosa ni aséptica a la que había sido sometido, y que aún no había cicatrizado. Lo rodeaba una nube de moscas. 
            The Máster tosió a causa del asco. Viñas le palmeó la espalda.
            —Tiene que tener estómago, amigo —le dijo. —Esto es lo menos asqueroso que va a encontrarse aquí.
            —¿Qué le pasó? —preguntó The Master -. ¿Por qué está así?
            —A la otra mitad se la perdonamos. Sólo le condenamos su parte reaccionaria. Esa parte que obliga a la otra a apoyar el gobierno de Videla, a callar lo que ni siquiera Borges ha callado.
Por eso su parte derecha está aquí, en el sector de los escritores gorilas... Hay unos cuantos. Sígame, mire...
En vidrieras semejantes a la de Sábato, desfilaron ante sus ojos Lugones, Silvina Bullrich, Bioy Casares, Félix Luna, Borges, Ernesto Bianco, Mujica Láinez... Miles de escritores y poetas..., todos padeciendo alguna clase de tormento eterno: el de Lugones, por ejemplo, era el de ser golpeado de un modo muy brutal por su propia sombra, que a veces llegaba hasta arrastrarlo de los pelos por toda la habitación. El tormento de Silvina Bullrich era más sencillo pero no menos doloroso: sencillamente, se le negaba el alcohol, aunque todo a su alrededor hacía referencia a él: su habitáculo estaba lleno de botellas vacías, de corchos, de fotos de viñedos, de fotos de perfumes, de fotos de gente bebiendo perfume en absoluta felicidad... El de Ernesto Bianco era un tormento antihigiénico: le colgaban ratas de todo el cuerpo, incluso de la cara. Sangraba. De pies a cabeza, porque las ratas debían usar los dientes y las uñas para no caer...
En la última de las vidrieras sólo había una mano, una mano derecha que iba de un lado a otro de su habitáculo como perdida.
—¿Y esto? —le preguntó The Master.
Viñas levantó su brazo derecho y The Master observó que el brazo de su camarada terminaba en un muñón.
—Sí —dijo Viñas. —Esa es mi mano. Hace unos años, yo había salido con una muchacha muy joven, veinte años menor que yo, y anduve con ella de bar en bar, bebiendo, y terminé malísimamente mal... Tan mal, amigo mío, que en un momento me crucé en la calle con el hijo de puta de Massera y le di la mano. “¿Cómo le va, Viñas?”, me dijo él, y yo como un imbécil le di la mano. ¡Le di la mano! Y no pude ni puedo perdonármelo. Por eso tomé esta decisión. Siempre hay una parte nuestra que se merece el infierno... —Viñas me palmeó la espalda con el muñón y dijo: —¿Seguimos? Hay más cosas por allá. 
            El segundo sector de aquel círculo era diez veces más repugnante que el anterior. Allí no había vidrieras, y los penitentes se paseaban por un lugar común a todos.            
            The Master esta vez no pudo tolerarlo y vomitó.
            —Reconozco que no hay estómago que aguante este sector —dijo Viñas—. El cambio respecto del anterior es muy brusco. Aquí ya nada es concebible, nada lo que se ve aquí se puede aceptar. Es inmundo no por lo sucio sino por lo extraño, por lo enajenado. Reconozco que es la parte de mi círculo que más orgullo me provoca. La verdad, y lo digo con humildad revolucionaria, creo que acá me pasé.   
            Lo que se veía allí era gente literalmente destrozada, partida en miles de pedazos. Cada uno de esos pedazos tenía movimiento y en la mayoría de los casos pugnaba sin éxito por la unidad, por organizarse con los otros pedazos y armar un cuerpo más o menos humano, creíble, democrático.             
            —¿Quiénes son? – preguntó The Master.
            —¿No se dio cuenta, todavía?
            —No.
            —Son los gorilas de la prensa, la radio y la televisión.  Los periodistas gorilas, sin los cuales es imposible ninguna dictadura.
            —¿No será demasiado castigo?
            —No, si juzgamos su compromiso con la persecución y la muerte. Fueron cómplices, cómplices necesarios...
            En ese momento pasaron cerca de ellos dos montañas de fragmentos humanos que ya no trataban de armar un cuerpo verosímil; estas dos montañas, sin duda pertenecientes a dos cuerpo distintos, avanzaban resignadas a estar así, desarmadas, para siempre.  
            —¿Puedo hablarles? – le preguntó The Master a Viñas.
            —Sí, claro que sí. Pero recuerde: no se deje tocar.
            The Master se acercó a las dos montañas de fragmentos y les preguntó quiénes eran. Le contestó una de las montañas, la más pequeña, con voz de mujer.
            —Yo soy Mónica y él es César..., ambos periodistas de televisión...
            The Master dejó pasar unos segundos y luego preguntó:
            —¿Por qué están acá?
            Por un momento, la montaña de fragmentos que correspondía a César vibró de un modo distinto, se agitó, como si estuviera a punto de responder. Sin embargo, fue la montaña de Mónica la que contestó:
            —Pecamos —dijo. —Pecamos por omisión, y eso en nuestro sacerdocio es imperdonable. Nos dejamos llevar por el amor que acababa de nacer entre nosotros y nos olvidamos de que alrededor nuestro había un país que necesitaba saber la verdad. Los de arriba nos pedían que dijéramos tal cosa y lo decíamos. Nos pedían que calláramos tal otra y la callábamos. Total, qué nos importaba. Lo único importante para nosotros era que nos amábamos y nos teníamos el uno al otro... Sin embargo, sin darnos cuenta, ese enceguecimiento de amor nos llevó a estafar a nuestro público, que creía en nosotros y creyó siempre, porque éramos garantía de seriedad y honestidad periodística. Y ahora...  Ahora... —la mujer, o eso que tenía voz de mujer, comenzó a llorar...
            En ese momento Viñas, que vio que los ojos de The Master se enrojecían de compasión, se acercó a él.
            —Vamos —le dijo. —Vamos... Queda mucho por recorrer.
            —No —dijo The Master. —Basta, no soporto este lugar. 
            —Sé que es insoportable, pero usted está muy drogado, The Master, y no tiene otra camino que seguir... Sigamos.   

            The Master y Viñas continuaron el camino. Antes de abandonar el sector The Master se dio vuelta y vio cómo las dos montañas de fragmentos humanos se alejaban tristemente, con pasos heridos, y se hundían en la negrura. 

            —Este tercer sector no es tan repulsivo, aunque le confieso que a mí no hay nada que me provoque más asco que el aburrimiento. Y este sector tiene eso: condena al aburrimiento... Es el sector de los anti-abortista, los que se oponen a la libertad de las muchachas de parir un hijo o no... Pero bueno, basta de cháchara. Pase, amigo.

            En este sector también había vidrieras como en el primero. En cada vidriera había un condenado. El castigo, como bien había señalado Viñas, no impresionó a The Master tanto como los anteriores. Se paseó por las vidrieras casi sin demostrar compasión, como si aquello que veía no le inspirase sentimiento alguno.
            Los confinados a ese sector estaban condenados a empollar un enorme huevo del tamaño de una persona. Eso era todo. Tenían que empollar y empollar. Por siempre. Todo lo demás se les estaba negado. Y por más que alguno de los condenados daba muestras de padecer horribles dolores a causa de estar todo el tiempo en la misma posición, e incluso algunos tenían los glúteos repletos de llagas, The Master pasó por el sector sin querer hablar con nadie.
            —¿Reconoce a alguien? —le preguntó Viñas.      

            —Me pareció ver a un conductor de televisión.

            —Sí... Gerardo Sofovich. El “Ruso” Sofovich. En varios reportajes se proclamó en contra de la legalización del aborto, así que eso le basta para estar en mi círculo dantesco. Tranquilamente podría haber estado en otro sector, pero preferí este porque me pareció el más aburrido para él.  El peor.
            De pronto The Master se quedó petrificado:
            —¿Y ese que está allí..? ¿Es Piero, no?
            —Sí, pobre. Al él le pasó como a Víctor. Estuvo aquí, se dejó tocar por alguien y cuando salió había cambiado de opinión respecto del aborto. Se hizo anti-abortista... Y bueno... Me costó mucho tomar la decisión, pero tuve que ser justo. Así como está mi mano, tiene que estar Piero... Eso es la decisión correcta... ¿Quiere saber algo de algún otro?
            —No. Salgamos de aquí. Vamos.
            Viñas y The Master salieron de aquel sector y pasaron después a una especie de parroquia sin cruces.
            Allí había una larga fila de sacerdotes esperando para comulgarse. El encargado de impartir el sacramento era una especie un bicho extraño, mezcla de hiena y tigre, muy horrible, y las hostias no estaban hechas con el cuerpo de Cristo (es decir: pan) sino que eran de metal incandescente.
            —Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh —gritaba cada párroco al recibir su hostia y enseguida, con la boca sangrando y echando humo, se dirigía al final de la larga fila para esperar que le llegara el turno de volver a comulgarse.
            —Aquí están los... —dijo Viñas, pero enseguida The Master lo interrumpió:
            —No me diga nada. No hace falta aclarar quiénes están aquí. Es evidente.
            —¿Conoce a alguno?
            —Sí. Ese es Lombardero, ¿no?
            —Sí. Flor de hijo de puta.
            —Y ese el padre Batista, el que me bautizó a mí... 
            —Otro flor de hijo de puta...
            —¿Y ese pelado?
            Viñas sonrió y lo miró a los ojos.
            —No me diga que no lo conoce, hombre.
            —¿Es él? – The Master no salía de su asombro -. ¿En serio?
            —¡Claro que es él...! No podía faltar aquí... El Vaticano también tuvo su gran cuota de responsabilidad.  Pudo haber hecho algo para evitar la masacre que los gobiernos militares realizaban en América Latina. Sin embargo, silencio absoluto.
            —¿Habla castellano?
            —No, dice solamente: “Dious bendiga a Aryentina...”. No pierda el tiempo con él. Hágame caso.
            Cuando salieron de aquella parroquia, The Master le preguntó a Viñas cuántos sectores quedaban.
            —Cuarenta y seis. Son muchos, pero le juro que vale la pena.
—Sí, pero otro día. Por hoy ya basta. Ya tuve suficiente.
—¿No le intriga seguir viendo?
—No. Solamente me gustaría ver el sector en el que están ellos, los peores de todos...
            Viñas sonrió:
            —Todos buscan lo mismo. Ven cinco o seis sectores y enseguida se cansan. Salvo Cipe, que los vio todos, el resto de los que vino no pasó de diez. Eso sí: ninguno se va sin pasar a ver a esos turros... Ese es como el sector de La Giocconda en el Louvre: todos quieren ir allí. —Viñas negó con la cabeza para sí mismo.  —En fin, vamos...
            Para ir ver a los militares golpistas fue necesario bajar por una escalera de cemento. 
            Bajaron caracoleando.
            —Ahora prepárese —dijo Viñas. —No todo el mundo resiste ver más de cinco segundos... ¿Está listo?
            —Sí —dijo The Master.
            Viñas corrió una pesada puerta corrediza parecida a la de un garage.
            The Master vio las sombras proyectadas contra las paredes descascaradas, oyó los gritos, y dijo basta.
            —Basta... Cierre la puerta.
            Viñas le hizo caso.
            Se miraron. A los ojos.
            —Usted es un perverso, Viñas – le dijo The Master.
            —Le recuerdo que todo esto es un delirio suyo y del ácido lisérgico... Así que si acá hay un perverso, el perverso es usted...
            —¿Cómo pudo imaginar una cosa así?
            —No la imaginé yo, la imaginaron ellos... Ellos mismos...
            The Master comenzó a subir la escalera caracol.        
—Igual, Viñas, usted es un perverso, no me joda. Nadie que esté bien de la cabeza puede mostrar algo semejante.  
            —No se enoje, Themy —sonrió Viñas. —¿Así le dice Natacha, no?
            The Master sonrió también:
            —¿Ve que tengo razón, Viñas? Usted está desquiciado...

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