martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULO XIX (El capítulo gemelo)

XIX

Diario de T. M






Martes de un mes lluvioso. Día.

            El exilio.
            El exilio en la carne.
            En los huesos.
            En la sangre.
            En la boca.
            En los dientes.
            En las heridas.
            En la ventana.
            En el puente que se ve desde la ventana.
            En tus manos.
            En las mías.
            En nuestros ojos.
            En el regodeo intelectual que me auto-critico.
            En los tangos, en las fotos de Buenos Aires.
            En cada cosa triste que recordamos de Buenos Aires.
            En el llanto de nuestra hija.
            En las primeras palabras de nuestra hija.
            En este sol de mierda que no sé por donde entra pero que llena nuestro cuarto de fantasmas. 
            En este miedo a tocarte, Natacha, está el exilio.
            Ahí, como una jalea que nos cubre de brillos y de moscas.
            Pegajoso, húmedo, eterno.
            Al acecho.    
            Ahí donde no se puede.
            Ahí donde no podemos más.
           
Sábado del mismo mes lluvioso. Noche.

            Hoy estuve con Tato en la catacumba cultural que Osvaldo B. denominó irónica y secretamente “Latinoamericanos Fabricantes de Talento Anarquista” (L.A.F.A.T.A.). 
            Me dijo, después de un ensayo clandestino, que no la veía muy bien a Natacha.
            —Yo puedo ayudarla. Soy psiquiatra.
—Gracias —le respondí —pero no creo que sea buena idea. Ella no quiere ver a ningún psiquiatra ni a ningún psicólogo, ayer justamente discutimos mucho por ese tema. Piensa que el que está loco soy yo.
—Puedo intentarlo, ¿no?
—Intentalo, entonces, pero no creas que va a ser sencillo. Natacha es una mujer muy difícil, y cada vez está peor.
                       
Domingo del mismo mes. Noche.

            Hoy llegué a casa y me encontré a Natacha tocando una quena en el living, junto a los Rojas. 
            Los Rojas me caen bien. Son buena gente, y además coinciden con nosotros en muchas cosas.
            Él, el padre, nos contó que conoció a unos compañeros de izquierda hace unos años, poco antes del golpe. Durante ocho meses les enseñó el quechua.
            —Aprendí mucho de esos jóvenes —nos confesó. —Eran muy inteligentes. Leían mucho. Y me fueron acercando libros. Libros de todas clases, de Historia, de Política, de Filosofía... Entre todos esos libros, me dieron uno de Gramática Revolucionaria del Tercer Mundo, que proponía una gramática totalmente nueva para Latinoamérica hispanoparlante. Por ejemplo: proponía reemplazar los verbos del castellano por los verbos de las lenguas aborígenes de cada región. También reemplazaba los artículos, los sufijos de plurales, los pronombres relativos y los sustantivos abstractos, y lo mismo sucedía con los cuatro elementos y las palabras “madre”, “padre”, “hijo”, “hermano” y “Dios”. En definitiva, lo que proponía esa gramática era hacer con el castellano lo mismo que los invasores de España hicieron con el americano aborigen: destrozarlo... Es una gramática justa, reivindicante, hermosa, muy poética... Entre mis cosas tengo una copia... Intenté enseñarla, pero no me fue bien. La verdad, no le interesaba a nadie. Todos preferían aprender el quechua. En fin, avestruces...
            Natacha y yo quedamos sorprendidos por la historia de Rojas, por su didáctica locuacidad.
            Natacha tenía razón. Tenemos mucho que aprender de esta gente y su cultura. 
            Le preguntamos si los militares lo persiguen, si la enseñanza de la gramática tercermundista lo ha condenado a estar así, sin trabajo, sin casa.
            —Mi problema fue otro —dijo.  —Si bien he leído bastante, y soy consciente de lo que sucede en el país con este horroroso gobierno militar, jamás incursioné en la política. La gramática revolucionaria tiene que ver con los españoles, no con los militares. Sin embargo, soy una contradicción, porque, por ejemplo, hace seis meses me convertí al catolicismo. La verdad, la religión cristiana, a la que llegué por medio y a través de los textos bíblicos, fue un gran descubrimiento para mí. Me conquistó, aunque suene terrible. Pienso en la imagen de Cristo en la cruz, con la corona de espinas, sintiéndose abandonado por su padre y mire, mire, se me pone la piel de gallina... Pienso que lo único bueno que nos trajeron los españoles fue el catolicismo, y también fue lo que justificó y propagó la masacre.  Es así, Latinoamérica es una constante contradicción. 
            —¿Y cuál fue su problema? —le preguntó Natacha, que quería saber por qué los Rojas se habían visto obligados a vivir en la calle y mendigar.
            Rojas abandonó entonces la locuacidad y tragó saliva, buscó las palabras.
            —La pukllanayay (o “propensión al juego”) —dijo—, es mi perdición, y la perdición de todos mis antepasados. Lo poco que tenía, lo poco que gané con mis clases de quechua y mis clases de lengua castellana, lo gasté en el juego, en las apuestas, todo tipos de apuestas. Por las apuestas dejé a mi familia sin comida y sin techo, por las apuestas terminé debiéndole dinero a todo el mundo, y perdí mi trabajo y la confianza que los demás tenían en mí. Todo, todo lo arruiné por el juego.
            Si bien la confesión de Rojas era cruda, fuerte, a Natacha y a mí nos hizo bien saber que confiaba en nosotros lo suficiente como para abrirse y contarnos “su” historia. 
            Después de eso fuimos a...          
[Tengo que dejar de escribir. Acaba de llegar Cipe con un amigo, un tal Pino, cineasta. Tienen pensado hacer una película en quechua y esperan que Rojas los ayude].
  



No hay comentarios:

Publicar un comentario