XXXV
El fin de una década
Y siguieron pasando los años, los barrios de la provincia, las fotos, los nombres, las cartas de Natacha, las botas, las persecuciones, las canciones, algunos vinieron, otros se fueron, otros se quedaron, y Natacha y The Master terminaron la década separados, lejos.
The Master recordaría por siempre aquel fin de año de 1979. Fue en Barrio Sarmiento, Villa Celina, en una pequeña casa que una anciana llamada Pierina tenía a modo de pensión. Estaban, además de él y de Cipe, los chicos del Cuarteto Zupay, Piero, Víctor, Aída Bortnik, Pino, Marilina, Viñas, Norma Kennedy, Ana Caccopardo, León Gieco, el Tano Pagliaro, “Mirta de Liñiers a Estambul”, Osvaldo, Jacobo, el padre de Ismael Serrano, César Isella, Tarragó Ross, Jaime Ross, Chunchuna Villafañe y Tato Pavlovsky. Todos, todos juntos despidiendo aquella década espantosa y poniendo todas nuestras esperanzas en esa nueva década que vendría para rescatarnos del horror o sepultarnos definitivamente en él.
Después de brindar, recordaría The Master, salieron a la calle y se mezclaron con la gente de aquel barrio, se perdieron entre los festejos de la gente, bailaron en las calles de tierra, en el club de la sociedad de fomento, en la parte de atrás de la parroquia, riendo, casi felices, hasta más allá del amanecer.
Así festejaron el final de la década.
Al día siguiente, cuando The Master llegó a su casa, escuchó que sonaba el teléfono.
Atendió.
—Feliz década, mi amor— le dijo la voz de Natacha, y luego : —Feíz dédaca, papá – le dijo la voz de Simone.
Y cortaron[1].
Una novela setentista irreductiblemente tiene que terminar en la década de los setenta. Los años ochenta, por más interesantes que sean, le están vedados.
XXXVI
Los ochenta
Una novela setentista irreductiblemente tiene que terminar en la década de los setenta. Los años ochenta, por más interesantes que sean, le están vedados.
Y esta novela, mi novela primaveral, es setentista, de modo que debe terminar aquí, con el fin de los festejos del último día de 1979 y el primero de 1980.
Tiene que terminar con todos juntos, esperanzados, dispuestos a seguir.
Pero no, no va a terminar allí.
Aún queda un capítulo más.
[1] Susana Maciel, editora de textos de enfermería que se animó con un ensayo sobre El Maestro (que salió publicado bajo el título pantalla de “La leche materna hoy”), llegó a la conclusión de que la obra Primaveral termina aquí, en este capítulo. Los siguientes dos capítulos, según ella, son un agregado posterior escrito por otro autor.
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