martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULOS XI, XII y XIII

XI

Videla







         Al quinto mes de embarazo, durante uno de esos martes de exilio, Natacha empezó a  enloquecer.
            The Master lo advirtió mientras posaba para un retrato de su rostro que ella estaba pintando apasionadamente. Natacha, sin soltar el pincel, de pronto le  dijo:
            —Hoy me contó Cipe que lo vio a Videla.
            —¿Dónde?— preguntó The Master, sin ocultar el asco que le provocaba ese apellido.
            —En una plaza. Estaba comiéndose a un estudiante de educación física.
            —¿Qué?
            —Parece que Cipe lo siguió unos metros pero entonces Videla abrió unas alas como de murciélago y salió volando.
            —¿Qué te pasa, Natacha?
            —Yo hoy también lo vi. Abrí la ventana y estaba pegado al vidrio. Tenía cara como de sapo.
            —Me estás asustando, Natacha. ¿Qué estás diciendo?
            —Teté, una amiga de cuando yo era modelo, me advirtió que tenga cuidado con el armario. La vez pasada ella abrió su placard y zas, se le apareció Videla, me contó.
            —Basta, Natacha. ¿Por qué estás diciendo estas tonterías?
            —No son tonterías. Yo sé que Videla no es humano. Sino, ¿por qué vuela? Si fuera un hombre común y corriente no tendría esas alas como de murciélago ni se comería a los estudiantes. Teté dice que para ella Videla es extraterrestre.
            —Basta, Natacha. ¡Basta!
            The Master se acercó a ella y la abrazó. Ella no entendió el abrazo, pero lo abrazó igual (jamás desaprovechaba la oportunidad de hacerlo).
            The Master, por primera vez en uno de los martes de exilio, de rodillas ante el desquicio de Natacha, con el rostro en su vientre, lloró.
            Lloró.
            —¿Qué vamos a hacer ahora?-- le preguntó a la panza, a Simone, entre lágrimas. —¿Qué vamos hacer, hijita?




XII

Mala bruma




            El miércoles, al abandonar el hotel de Barracas, Natacha se calmó, dejó de hablar disparates y entonces The Master sintió que le regresaba la sangre al cuerpo.
            Sin embargo, la cosa no fue tan sencilla: la locura de Natacha retornó cada martes, al igual que el exilio y la lluvia.
             Esos días se transformaron para The Master en un verdadero infierno, y ya no se reunía con los demás en la habitación de Cipe o de Viñas o del pelado del Cuarteto Zupay para cantar canciones que comprometieran su pensar, o para escuchar tangos de su lejano país o para jugar a dígalo con mímica o alguna cosa que les sirviera para soportar esa lluvia constante del exilio, ese desaliento constante del exilio, esa bruma, esa mala bruma.
            No.
            The Master ya no salía de su habitación. Sólo se quedaba junto a ella, Natacha, escuchando sus disparates acerca de Videla o de la Revolución, acerca del compromiso social o del futuro del mundo. 
            —No sólo los humanos—decía ella— sino también los animales y los insectos deben unirse confraternalmente. Todos, sin distinciones entre mamíferos u ovíparos, entre vertebrados o invertebrados, entre moluscos o crustáceos, entre venenosos o inofensivos, todos debemos estar unidos con una meta bien clara: acabar con la dictadura. Yo sé que será lento, que quizá lleva años o décadas o centurias. Pero estoy convencida de que no habrá Revolución si no participamos todos, todos... Tiene que participar hasta aquello que no existe...
            Ese tipo de cosas decía Natacha durante esos martes.
            A veces tenía alucinaciones.
            Decía, por ejemplo, que no quería entrar al baño porque estaba Videla. O decía que había visto a Videla en el ascensor, comiéndose a una anciana.
            Una noche estuvo a punto de saltar por la ventana.
            Si The Master no hubiera estado atento para impedirlo,  sin duda ella habría saltado.




XIII

Simone





            Simone nació un martes, en el hotelito del exilio, con lluvia.
            En el parto Natacha fue asistida por Cipe y por el pelado del Cuarteto Zupay.
            En el momento en que escuchó el llanto de su unigénita, Natacha gritó.
            Gritó de felicidad y de espanto.
            De felicidad porque Simone era igual a The Master, hermosa como The Master.
            Y de espanto porque, colgado del techo, sonriente, llena la boca de imperialistas colmillos, Videla los estaba mirando.   

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