martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULOS XX y XXI

XX

La rendición de Natacha


 

 

 

           
   Un miércoles a la mañana, cuando se preparaban para abandonar el hotel de Barracas, Natacha se detuvo ante la puerta y le dijo a The Master que no; no quería volver. 
            —Tengo miedo —agregó. —Mucho miedo... No sólo por mí, sino por Simone y por vos.
            —Yo no voy a quedarme acá. No pienso entregarme al miedo.
            —Ahora tenemos una hija. Ya no es como antes. Lo primero es Simone, no La Revolución.
            —Sin Revolución no hay futuro para ella, y eso vos lo sabés bien... ¿Te acordás de cuando decías que nada iba a cambiarte, que la cobardía jamás iba a modificar tus principios? ¿Qué pasó con todo eso ahora?
            —Ahora es distinto. Está Simone, no podemos exponerla.
            —Ni tampoco podemos utilizarla como excusa... – The Master bebió un trago de jerez y continuó: —Yo quiero que en un futuro nuestra hija esté orgullosa de nosotros, que sepa sus padres se jugaron la vida para cambiar este mundo de mierda. No quiero quedarme sin respuesta cuando me pregunte: “¿Y vos papá? ¿Qué hiciste mientras los militares destrozaban el país?” Quiero poder mirarla a los ojos cuando me pregunte eso.
            Sin embargo, por más que The Master habló y habló no pudo convencer a Natacha de que regresara a casa.
            Desde ese día sólo se vieron los martes. El resto de la semana ella se quedaba exiliada en el hotel de Barracas, junto a Simone, y él se quedaba junto a los Rojas, en casa.   


           


XXI

Psicodelia




             Lejos de Natacha y de Simone, The Master entró en la pendiente de los excesos, de la irresponsabilidad. Ya no se reunía en lo de Cipe para enterarse de las últimas novedades, ya no escribía sus críticas virulentas al Imperialismo, ya no tenía esperanzas... Su vida se redujo a la marihuana, el alcohol y al ácido lisérgico (también dejó de escuchar jazz y de leer poesía beatnik).
            Los Rojas, que seguían conviviendo con él pese al exilio de Natacha, trataban de ayudarlo, le preparaban infusiones para tranquilizarlo, para detener su compulsión a los vicios decadentes, a la irrealidad psicodélica. Pero no había forma de detenerlo.  Cada vez que The Master se proponía algo, no paraba hasta conseguirlo, y ahora se había propuesto destruirse. ¿Qué hacer?
            Rojas padre una tarde decidió ir a visitarla a Natacha para pedirle que regresara.
            —The Master se está destruyendo —le dijo. —Ya no es el mismo sin ustedes. Nada le importa. Ayer estuvo Cipe hablándole de lo que pensaba hacer para el cumpleaños de César Isella y él nada, ni la escuchó, estuvo todo el tiempo tarareando una canción de los Rolling Stone... Tenés que volver, Natacha. Ya no sabemos qué hacer con él.
            Pero Natacha, que creía que se trataba de una maniobra de The Master para obligarla a volver, no le creyó, y le dijo a Rojas que no abandonaría el hotel de Barracas hasta que los militares abandonaran el poder.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario