XXVII
El adiós
Susú no murió por muy poco. Si la ambulancia hubiera tardado cinco minutos más, habría llegado al hospital violácea e irremediablemente fría.
El exceso de hachís la había llevado a un breve estado comatoso (pero no de amor) que no llegó a durar ni siquiera dos horas. Sobredosis de hachís, dijo el médico, y dijo también que no hacía la denuncia porque conocía a Susú de una obra de teatro.
—Por esta vez la perdono, pero no voy a perdonarla si ocurre una segunda vez, ¿está claro?
Volvimos a mi casa. Los Rojas no estaban. Tampoco estaban sus cosas.
En la mesa habían dejado una carta:
Querido The Master:
Gracias por todo. Nos vamos porque, más allá de sus gentilezas y su enorme generosidad, no podemos seguir presenciando el deterioro físico y mental al que se está sometiendo. Nos da mucha tristeza, y no sabemos qué hacer.
Esperamos que todo en su vida mejore. Rezaremos por usted como lo estuvimos haciendo hasta ahora. Sabemos que va a salir, que se va a reponer y pronto va a encontrarle sentido a las cosas.
Esta tarde hemos pasado por el hotel de Barracas para despedirnos también de Natacha y Simone. No estaban. Según la encargada, se fueron antes de ayer, de madrugada. Le preguntamos, pero nos dijo que no sabe nada de ellas.
Espero que se reencuentren pronto y todo vuelva a ser como antes entre ustedes.
Adiós.
Rojas.
The Master dobló la carta y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.
—¿Venís? —le dijo Susú mientras se desnudaba.
Pero The Master esa vez no pudo olvidarse de Natacha ni de Simone ni de su vida de mierda ni de nada. De lo único que pudo olvidarse en ese momento fue de Susú.
—Ya vengo —le dijo.
Y salió.
XXVIII
La espera
Susú lo esperó horas junto a la ventana. “The Master no viene”, pensaba, mientras miraba las sábanas blancas que se sacudían con el viento en el patio de la casa. Lo esperaba en bombacha y en remera, repitiéndose cada tanto la frase antes citada: “The Master no viene...”.
Y The Master no volvía porque no estaba en condiciones de volver a ningún lado.
Rojas tenía razón: Natacha y Simone ya no estaban en el hotel de Barracas.
—La señora estaba muy asustada —dijo la encargada. — Temblaba... Temblaba tanto que parecía que estuviera enferma...
The Master salió de allí desconsolado. ¿Y ahora qué?
Caminó por las calles como un estúpido, durante horas o días, y cuando se acordó de Susú, la bellísima Susú, ya era tarde: ella no estaba.
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