una novela
setentista
Por Eduardo Fernández Comente
Un país donde pueda ser yo.
Y sentirme cucaracha
Y bajarme la bombacha.
Pino Solanas
Y aún no puedo olvidarme
lo de Hiroshima
Víctor Heredia
I
Dos amantes[1]
Un veintiuno de septiembre de 1976,, una pareja de jóvenes,, los dos con la conciencia hundida en la realidad que les toca vivir,, decide transformarse en la pareja protagónica de mi novela primaveral.
Lo deciden sin saberlo,, sin pensarlo,, mientras hacen el amor en una habitación que,, orgullosa de su condición tercermundista,, está decorada con artesanías aborígenes,, fotos de escritores latinoamericanos y frases que hacen referencia a la libertad de los hombres y los pueblos.
Se viven tiempos oscuros en Buenos Aires. Latinoamérica toda,, tan llena de urgencias,, resuena en la mente de algunos pocos soñadores que estamos dispuestos a dar la vida por un sueño,, por una idea bella y tremenda del mundo.
Todos somos jóvenes. En los setenta todos somos jóvenes,, todos creemos en el poder del amor,, en una vida al margen del capitalismo y de sus buitres.
Nadie supera los treinta años. Por eso todo es posible.
Y por eso los dos personajes de mi novela Primaveral están dispuestos a todo.
Él se llama The Master y ella Natacha Q.
En el inicio de mi novela,, en una habitación afiebrada de juventud,, están haciendo el amor del modo más antiburgués posible,, y es así,, haciendo el amor,, enchastrados de intimidad,, como ingresan al relato,, a las aguas de este triste y agitado río.
Pronto los dos naufragarán en uno de los períodos más sangrientos de la historia de este bendito país. Este país que padecemos segundo a segundo como un mal sueño en el que todo es aniquilado. Prohibido. Prendido fuego. Y sólo queda el miedo de las caras y el ruido de las botas.
Pronto los dos naufragarán en uno de los períodos más oscuros de la sangrienta historia de este hemorrágico país: el gobierno de Videla.
Pero Natacha,, por ahora,, en el inicio del relato,, exhala. Sus ojos se pierden en un largo orgasmo que se deshace justo al borde de esta habitación: justo al borde del horror que está por venírseles encima.
—Sos hermoso—le dice a The Master con la voz casi inaudible,, como si pendiera de un hilo.
Y él le besa la frente,, los ojos,, la escucha respirar y se deja ir,, se deja llevar por la respiración de Natacha,, que respira como si se alejara,, como si se escapara del mundo,, o como si se estuviera convirtiendo en otra.
II
El llamado
The Master y Natacha Q. no son, a nivel artístico, dos jóvenes como cualquiera. Él es un excelso novelista comprometido con su tiempo, con su misión de artista, aunque aún no editado, y ella ha sido reconocida como una de las modelos más bellas del país, si bien en la actualidad ha abandonado el mundo de las pasarelas por considerarlo “asquerosamente burgués”.
Desde que coincidieron en la penumbra de un festival de cine clandestino, hace dos meses, apenas se han separado una o dos horas.
Ella muere de amor por él, y él cree que Natacha es la parte más sublime y sagrada del mundo. La mira fumar, la mira sonreír, y piensa: “Hasta el mar puede ahogarse en ella”.
Ambos serán parte de una época tan horrorosa que ya no serán los mismos cuando mi novela Primaveral termine.
Ambos acaban de ser mordidos por la Historia[2].
III
La belleza
Natacha mira a Themy (así lo llama ella tiernamente) y le dice que tiene un poco de miedo de que
Lo dice mientras escucha esa increíble canción de Silvio que nos habla de defender nuestro unicornio pese a todo, ante quien sea, y como sea.
—Nuestro unicornio no es una utopía —le dice él, mientras se balancea siguiendo la música. —Nuestro amor no es una utopía. La juventud no es una utopía. Aunque Silvio diga lo contrario, yo sé que la belleza no nos vuelve más pobres, más esclavos de la ronda del reloj. Yo sé que mi unicornio azul no se perdió un carajo.
Son tiempos de exaltación, de fervor, de noches enteras hablando.
Y ellos se aman, pese a que a veces el vértigo de estos días los lleve a tener este tipo de discusiones que sin duda enriquecen su compromiso y aumentan su amor hacia la Revolución , hacia Latinoamérica toda.
—El Imperialismo no va quitarnos la belleza, Natacha... La belleza nos vuelve invencibles.
—Dame un beso— le contesta ella, y luego se besan y se hunden en la espuma.
Son años de espuma, de labios urgentes y manos crispadas. Años de desaliento en la carne y esperanza en los ojos. Años que rebalsan de vida, que revientan de vida.
—Te amo— le dice Natacha, mientras gime.
Él le sonríe y vuelve a besarla.
Luego del cigarrillo y la marihuana (a la que ellos llaman “La novia del Che”) los dos se miran largamente, entre la espuma.
—¿Vamos a lo de Cipe? —le pregunta ella.
Él, que sabe que en la casa de Cipe serán bien recibidos (todos somos bien recibidos en la casa de Cipe ) le dice que sí.
Y los dos abandonan la espuma y salen ardiendo de libertad hacia la guarida cultural de Cipe, que está tan comprometida con Latinoamérica que los imperialistas dicen que está loca.
Cipe los recibe con un libro censurado y una sonrisa tan latinoamericana que parece dibujada por el Che.
—Hola, chicos— les dice. —Qué lindo que vinieron… Pasen.
Y Natacha y The Master ingresan.
Como flotando.
El unicornio, piensa él, está aquí.
Más azul que nunca. Más unicornio que nunca.
Aquí.
IV
Psicodrama
Cipe, Natacha y The Master juegan a votar.
El juego, que puede parecer inocente, les sirve para canalizar un poco el fervor democrático que la dictadura de Videla intenta aniquilar.
La idea se le ocurrió a Tato Pavlovsky. Una noche se apareció con La Colo , Norman Brisky, los muchachos del Cuarteto Zupay y una urna.
—Trajimos una urna— dijo el pelado del Cuarteto. — Vamos a jugar a votar. Es una técnica de psicodrama que inventó Tato.
Fueron a una habitación y pusieron boletas con cualquier nombre. En la puerta de la habitación, pusieron una mesa, tres sillas y la urna.
Durante tres horas, todos jugaron a votar, turnándose para hacer de presidentes y fiscales de mesa.
Y la verdad que canalizaron bastante el fervor democrático. Digamos que lo canalizaron lo suficiente como para que no les hiciera demasiado daño.
Son días de canalización, de juegos locos que sólo sirven para aguantar, para no morir de tristeza, para no caer. Tiempos de canciones susurradas y libros escritos en clave. Tiempos de catacumbas artísticas, de pósters ocultos con la cara del Che, de exilios dorados y exilios descarnados, de trapos en la boca.
Ahora Cipe, Natacha y The Master también canalizan, votan.
Suena el teléfono. Cipe atiende, habla un rato y vuelve.
—Era Carlitos. Quiere hacerme un reportaje para una revista clandestina. Está triste, pobre. El otro día estuvimos con él y con el padre de Ismael Serrano en la Costanera. Y Carlos andaba mal porque decía que se había dado cuenta de que jamás sería un poeta, ni un novelista, ni un ensayista, ni un dramaturgo ni un actor ni un periodista ni un locutor ni tampoco un padre de Ismael Serrano… Dijo que se había dado cuenta de que de ahora en adelante tendría que conformarse con ser Carlos, y encarar su historia desde allí. Y dice que está dispuesto a vivir sucumbiendo en las anécdotas de los demás, como una especie de historiador y coiffeur. “Eso será Carlitos, Cipe: un rejunte de lo ajeno, un cóctel formado por todo lo que no forma parte del cóctel...”.
Natacha y The Master no la escuchan. Se miran.
Sonríen.
Por un segundo se olvidan de todo. Son dos niños que se sonríen mutuamente en una tarde de primavera. Dos niños llenos de sueños. Llenos de cielo.
Dos niños intactos.
[1] Publicamos este capítulo tal como figura en el original, remplazando las comas simples ( , ) por dos comas ( , , ). El por qué de este reemplazo es aún motivo de discusión. Para algunos estudiosos de la obra de El Maestro, las mencionandas dos comas (, , ) tienen una función más simbólica que gramatical, ya que las mismas harían una clara referencia a María Eva Duarte (la de la izquierda) y a Juan Domingo Perón (la de la derecha). Sin embargo, estudiosos (siempre sospechosos) que niegan toda simpatía de El Maestro hacia el peronismo, infieren que las dos comas (, , ) harían una descarnada y valiente referencia a El Che Guevara y Fidel Castro. Otros estudiosos arriesgan vincular a las dos comas (, , ) con Lenin y Trosky, y otros, los menos, dicen que los homenajeados por las famosas dos comas (, , ) serían Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Daniel Lamas, uno de los más célebres integrantes de El Círculo, cuenta que una vez le preguntó al Maestro, con lágrimas en los ojos, a quién estaban nombrando esas dos comas, a lo cual el Maestro le respondió con esa sonrisa gioccondesca que utilizaba cuando estaba por sorprenderse a sí mismo, y le dijo: Esas dos comas hacen referencia a ellos, sí, a todos. Y, distorsionando a Flaubert, agregó: Pero también esas dos comas c’est moi.
[2] Esta última frase aparece tachada con lápiz, débilmente, en el original. El capítulo cuenta con dos párrafos más que no han podido recuperarse dado que una mancha negra imposibilita su lectura. (Nota del Editor)
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