VIII
El exilio
Natacha y The Master en un cuarto rancio de aquel rancio hotel de los martes, del exilio, y Cipe, y Tato, y Vicente, y La pecosita, y Piero, y el Cuarteto Zupay, todos retirados del mundo, de lo nuestro y los nuestros, escuchando tangos que nos devolvían la música de nuestra patria perdida, allá lejos, en otra lengua que ahora era nuestro único refugio, nuestro único aliento, todos así, tan desarraigados, tan tristes, tan impotentes como si no estuviéramos en ningún lado, en ningún país, en ningún planeta.
Esos martes y sus canciones amargas y sus mates amargos y sus besos amargos, expatriados, hundidos en tierras extrañas, en humedades extrañas, en vientos y paisajes que eran para otros, porque los nuestros, nuestros vientos y nuestros paisajes estaban lejos, en Argentina, bajo las botas.
En medio de esos crepúsculos amordazados The Master y Natacha, entre otras cosas, concebirían una tarde a su primera hija, Simone, que por esas cosas del destino de este perverso país también nacería un martes, en el exilio, lejos de su patria.
IX
Escena de amor
(o La concepción de Simone)
Toco tu boca. Con el dedo índice toco tu boca, Natacha, y voy dibujando en tu sonrisa la sonrisa de la Libertad , la sonrisa de los pueblos libres; voy dibujando, mientras tiemblo de exilio, la sonrisa que necesito para poder respirar aquí, tan lejos; la sonrisa, Natacha, con la que te conocí, la sonrisa que me espera en los bares lluviosos de este lluvioso barrio de nuestro lluvioso exilio, voy dibujando la boca que me salva de la lluvia, de París, de este hotel, de este martes, Natacha, la sonrisa que quiero para mis hijos, la sonrisa que debería tener toda mujer que ame como vos me amás, la sonrisa por la que estoy dispuesto a todo, Natacha, a todo, a todo.
Y vos sonreís en penumbras, a un costado de esta pequeña ventana que da a la luna y al exilio. Sonreís como si todo fuera posible, como si se pudiera hacer La Revolución tan sólo pronunciando tu nombre frente a la luna, esa luna que te ilumina el vientre tan lleno de vida y de futuro, tan hinchado de presente. Sonreís como si acabaras con lo apestoso de este mundo y sólo quedara en pie aquello incapaz de perturbarnos o herirnos.
Sonreís como si supieras que estás justificando una época.
X
Carta escrita en uno de los martes de exilio
Querido Pablo:
¿Cómo anda mi hermanito? ¿Cómo anda todo por allá?
Yo estoy aquí, en una tarde lluviosa. Todas las tardes son lluviosas aquí. Seguramente a vos te fastidiaría mucho este clima. Esta mañana estuvimos en la habitación de Viñas con los chicos del Cuarteto y el Tano Pagliaro, jugando a dígalo con mímica. Nos reímos mucho, y se hizo un poco menos duro todo.
Natacha ya está de tres meses. Hemos decidido dos nombres: Simone, si es mujer, o David si es varón. Pensar en nuestro hijo nos hace bien, nos llena de fuerza, de ganas. Sin duda, el exilio no va a poder con nosotros.
Ayer, en casa de mamá, me preguntaste por qué no me dejaba de hinchar las bolas con estas pelotudeces. Yo no te respondí nada, para no discutir, pero ahora te escribo la respuesta.
Todo esto, Pablo, tiene un solo sentido: que mi hija, o mi hijo, nazca en un país libre, justo, con igualdad, un país en donde no haya pobres ni poderosos, ni explotadores ni explotados, un país en donde valga la pena crecer y vivir.
Por eso, Pablo.
Sólo por eso.
The Master
PD: Natacha te manda un beso grande. También dice que, cuando puedas, nos mandes dulce de leche y un disco de Gardel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario