martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULOS XIV, XV y XVI

XIV

Otra carta desde el exilio.




Querido Pablo:

            Ayer hablé por teléfono con mamá y me dijo que no te vio bien, que te vio muy preocupado por mí. Te agradezco la preocupación, hermanito, pero en realidad no tenés por qué preocuparte.
            Estoy tan feliz.
            Cada vez que pienso en la injusticia del mundo, en las desigualdades que nos atormentan, me basta con mirar los ojitos de Simone para encontrar, entre tanta violencia y tanta sangre, un poco de paz.
            Lo único que me preocupa es Natacha. Sus desvaríos son cada vez más extraños, más demenciales, y ya no ocurren  sólo cuando estamos en el hotel de Barracas. Ayer lunes, por ejemplo, deliró, lo vio a Videla en una calesita, arriba de unos de esos caballitos que suben y bajan, suben y bajan, suben y bajan, y el domingo lo vio sentado en nuestra cama con Simone en brazos, amamantándola.
            No sé, pero si esto sigue así voy a enloquecer yo también, y eso sería trágico. ¿Qué pasaría entonces con Simone? ¿Quién se haría cargo de ella?
            Sí, sé que no tengo que ser pesimista, que tengo que tener esperanzas, pero bueno: no es fácil, nada fácil.
            A veces, y lo digo con dolor, estoy tan negativo que hasta me parece ridículo pensar en La Revolución.
            En fin, no quiero cansarte. Además te dije que estaba bien y que no te preocuparas por mí, así que no voy a contradecirme.
            Un abrazo, hermanito, y saludos a todos por allá.

                                                                  The Master



PD: Dentro de veinte días un cura obrero va a bautizar a Simone en el mismo cuarto del hotel en el que nació. La madrina es  Cipe y el padrino Viñas.  La ceremonia va ser sencilla, humilde, para poca gente, pero igual espero contar con tu presencia. El otro día una antigua novia mía me dio unos regalos lindísimos para Simone. Miles de cosas me dio: sonajeros, carricoches de miga de pan, caballitos de lata, y unas bolitas blancas que a mí se me ocurrió llamar “Los Redonditos de Ricota”. Son lindísimos. Yo los hago hablar y Simone se ríe mucho. Los hago bailar, pelear como si fueran ratones paranoicos. Te van a encantar, vos que sos loco por las artesanías[1]
   



xv

Los devorados
           



            El jazz, la poesía beatnik, la marihuana, el alcohol..., esos fueron los caminos por los que discurrió la vida de The Master mientras Natacha enloquecía y Simone se criaba sola. 
            Una noche, acaso la más horrorosa de las que les tocó vivir juntos, después de estar horas y horas en silencio en la habitación, ella, Natacha, le preguntó a The Master si quería ir al cine.
— Sí —le respondió él, borroso por el humo.
            Y en menos de cinco minutos salieron a la calle, tomaron un taxi al Centro y se metieron en Lavalle, que estaba desierta, y vieron una película polaca, otra francesa, y luego otra de las que Natacha llamaba “livianas”, una comedia romántica con final feliz.
            Desde las ocho de la noche hasta las tres estuvieron de cine en cine, hasta que se sacaron las ganas de mirar, de emocionarse, y recién entonces se dieron cuenta de lo peor: se habían olvidado de Simone.
            Sí, de Simone. 
            Y ahí empezó el horror, la caída, la decadencia de la pareja, y tuvieron que reconocer que la dictadura estaba pudiendo con ellos, que les estaba destrozando la cabeza... Habían olvidado traer a  Simone. La habían dejado sola en su casa, desde las siete de la noche hasta las tres de la madrugada. Se habían olvidado durante ocho horas de su existencia.
            La desesperación estuvo a punto de matarlos. El regreso en taxi desde el cine fue un infierno, un infierno dentro del otro infierno.
Sin embargo, cuando llegaron a casa descubrieron que esa vez  la suerte se ponía de su lado: Simone estaba sana y salva, asustadísma, llorando, pero entera.
—Mi amor– dijeron los dos a dúo, y la abrazaron y le juraron que nunca volverían a dejarla sola.
            Una hora después, con la nena ya dormida, Natacha y The Master fueron al comedor y se miraron, se miraron largamente. ¿Qué estaban haciendo de sus vidas? ¿Cómo podían haberse olvidado de Simone, lo más importante que tenían?
            Se odiaron. Se odiaron mutuamente y se odiaron a sí mismos. Odiaron haberse conocido. Odiaron no haber muerto antes de besarse por primera vez.
            —Quiero matarte y quiero matarme —le dijo ella. – Quiero que me pegues. Quiero pegarte. Quiero que, de ahora en más, sólo vivamos para castigarnos por esto que hicimos. No quiero que nos perdonemos nunca, no quiero que nos demos otra cosa que castigo, que desprecio. Somos viles, mi amor; sólo dos personas viles se olvidan de un hijo como nosotros nos olvidamos esta noche de Simone... Pobrecita... ¿Cómo podemos ser tan hijos de puta?
            Hubo entre ellos, después de esa noche, un quiebre definitivo, brutal, que no repercutió en el amor por Simone ni en el amor por la Revolución, pero que los cambió, los transformó en extraños. Estaban tristes, con una tristeza que jamás los abandonaría, pese a que cada tanto hicieran el amor y se durmieran acariciándose. Estaban perdidos. Desamparados.
            La dictadura, al parecer, los estaba devorando.             




XVI
Las dentelladas




           En las horas de silencio, mientras Simone y The Master dormían, Natacha cerraba los ojos y se concentraba hasta poder escuchar claramente las dentelladas de la dictadura de Videla, el ruido de los dientes que masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban y masticaban todo todo todo todo todo todo todo todo todo todo todo todoooo todooooooo todoooooooooooooooooo... 
            Le bastaba concentrarse un poco para poder escucharlo con absoluta nitidez, decía. 


[1] La posdata de esta carta de The Master muestra claramente la influencia que esta obra ha tenido también en el mundo de la música, no sólo la argentino sino también la española.  
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