XXIV
Ella
Un día, cuando ya parecía que jamás regresaría de sus sueños lisérgicos, tan constantes y evasivos, The Master volvió a tomarse en serio su vida, su país, su realidad, su época, y volvió a pasar por la casa de Cipe.
—Qué bueno verte así —le dijo ella—, con los ojos limpios, llenos de vida, de conciencia... ¿Cómo está Simone?
—No sé... Voy a verla el martes... ¿Hoy qué día es?
—Sábado.
—Faltan tres días.
—Se extraña la gordita, ¿no? Está cada día más preciosa...
—Sí... ¿Me acompañás al hotel? Tengo ganas de verla... No quiero esperar hasta el martes...
Cipe, que jamás se negaba a nada, respondió:
—Natacha tomó una decisión y me parece imprudente no respetarla. Yo sé que es duro, que extrañás mucho a la nena, pero estos son tiempos difíciles y todos tenemos que resignar algo... Las cosas son así, nos gusten o no...
The Master miró las fotos que Cipe había pegado en la pared del living. Lo vio a Tato Pavlosky, a Oliveira, a Marilina, a Piero, a César, a Víctor, a Jaime, a Natacha, a David, a Osvaldo, se vio a sí mismo, tan sonriente como los demás, tan lleno de esperanzas como todos...
—¿Seguís amando a Natacha? —le preguntó Cipe, imitando a un balde de agua fría.
The Master estaba a punto de responderle cuando sonó el timbre.
—Ya vengo —le dijo Cipe, y regresó enseguida con una bellísima criatura que The Master miró como miraba a las mujeres cuando le gustaban mucho. —Ella es Susú... —dijo Cipe. —Susú Pecoraro...
XXV
Susú Pecoraro
Le gustaba pronunciar su nombre: Susú. Le gustaba escribir con la estilográfica su bellísimo apellido: Pecoraro. Le gustaba la palabra “Pecoraro”, era una palabra luminosa, llena de pájaros y sol.
— Susú—decía.
Y escribía: “Pecoraro”.
Así quedó The Master después de pasar la noche con ella, la joven actriz destinada a convertirse en una futura estrella.
Sin embargo, aunque parecía que al fin una mujer que no fuera Natacha llevaría a The Master hacia más allá de las arenas del cariño, la talentosa muchacha no pudo romper la coraza, no pudo ir más allá, aunque podría decirse que lo acercó a las orillas de aquello que The Master, en el fondo, tanto temía: el amor.
—Susú —decía.
Y escribía: “Pecoraro”.
XXV
La entrega
Fue en un hotel de Caballito, de tarde. Ella fumaba hachís que le habían traído de España. Me hablaba imitando a una española:
—-Tú sí que eres guapo, majo.
Yo reía. Era tan hermosa Susú... Era tan suave su piel, tan bello su modo de exiliarse de todo, de cada cosa. Tan dulce su modo de jugar a que se moría...
—Recuérdame... —me dijo de pronto, con voz agónica—. Recuérdame siempre... Y no olvides que yo te amaré por siempre, esté viva o no... Mi corazón no se fija en esas trivialidades... —y cerró los ojos y dejó de respirar.
Yo reí. Y la besé en los labios, como hacía cada vez que ella se moría. La besé en el cuello, bajé.
Le hice el amor, una y otra vez. Me enloquecía esa entrega de Susú. Ese nuevo modo de ponerse en mis manos, tan distinto al otro, el apasionado; esa nueva manera de inaugurarle caminos a nuestro deseo, a nuestra imaginación.
Susú era varias mujeres al mismo tiempo. No sólo arriba de un escenario o frente a una cámara de cine, sino también en lo cotidiano, en la intimidad. Tenía incontables recursos para enloquecer de amor a cualquiera.
Me derramé en ella con espasmos desenfrenados, con todo lo que tenía y con todo lo que había tenido alguna vez. Me derramé con la fuerza bestial de las revoluciones, con el ansia de libertad de los pueblos, con el odio a la injusticia y al hambre, con toda la bondad de la que yo era capaz.
Y por primera vez en mi vida dije:
—Te amo, Susú... —y agregué: —Te amo...
Sin embargo, Susú no contestó:
—¿Me oíste, Susú? Te amo... Te amo...
Pero Susú persistía en la inmovilidad.
—¿Estás bien...? Susú..., Susú...
No, no estaba bien. No estaba nada bien.
No respiraba.
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