martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULOS XXXiV y XXXV

XXXIV

Gol de Videla





            La última vez que The Master vio a Natacha bajo el gobierno de Videla (recién volverían a verse con el regreso de la democracia) fue de casualidad, sin esperarlo.
            The Master se escapaba del centro, abrumado por las turbas que festejaban el campeonato mundial de fútbol. Había fumado marihuana, y esa vez la marihuana, más las anfetaminas, lo estaban poniendo un tanto paranoico.
            —¡Ar-gen-tina. La copa te domina! —cantaban las turbas. —¡El que no salta es holandés! ¡El que no salta es holandés!
            The Master estaba por cruzar la Av. Callao cuando de pronto la vio, como una más entre la turba, junto a otro hombre, con Simone en brazos.
            —¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina! —cantaban aquel hombre y Natacha. —¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!
            The Master se sintió morir de horror. ¿Cómo podía ser posible aquella imagen? ¿Cómo algo así podía ser cierto?
            Quiso ir hacia ella pero no pudo. Un oleaje de la turba las borró de sus ojos y ya no pudo volver a verlas, no pudo dar con ellas. La turba se las llevó en una ola victoriosa y él tendría que esperar cerca de cinco años para reencontrarlas.
            The Master, mareado, buscó un bar abierto y se pidió un agua tónica. Prendió un cigarrillo tras otro, mientras veía que el techo y las paredes se disolvían.
            Por primera vez en su vida, se dijo que la vida era un verdadero asco, y fue ahí que gran parte de su fe en la honestidad de la gente se le murió; que se le murió la fe necesaria para  querer, de veras, morir por algo. Él no lo supo, pero fue así. Y pese que a Natacha le aseguró en miles de cartas no haber participado de los festejos del mundial ni con Simone, ni con otro hombre ni con nadie, gran parte de su amor por el mundo esa noche murió.




XXXV

Agñés

 

 

             Poco después de aquella noche The Master buscó refugio en Agñés, una chica francesa estudiante de antropología que había venido a Buenos Aires de vacaciones.

            Agñés se quedó unos cuantos meses, más de los que había previsto, y volvió a París porque no se adaptó a los lluviosos martes del exilio.
            Durante un tiempo, The Master se movió en soledad. Natacha y Simone no salían de sus pensamientos. Nada salía de sus pensamientos.
            Se movió en soledad.
            Conoció algunas mujeres, casi todas estudiantes, pero fueron historias muy breves que ni siquiera duraron un par de semanas.
            De todas ellas, sólo a una The Master le dedicó un poema. La chica se llamaba Berenice y había nacido hacía diecinueve años en Caracas. Estudiaba bioquímica. Era muy inteligente, y muy bella. El poema de The Master era breve, de sólo cinco versos que él jamás intentó publicar por considerarlos “amargos, desconsolados, oscuros”:


No miremos más la lluvia, Berenice.
Cerremos los ojos.
Y pensemos, por un momento,
Que nada de esto ocurre.
Que nada de esto es cierto. 

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