martes, 18 de octubre de 2011

CAPÍTULOS XXX y XXXI

 XXX

La carta de Natacha 

   

 

Querido Themy:


             Sé que aún estarás sorprendido por mi ausencia, tan abrupta y desconsiderada; sé que acaso estarás odiándome por privarte de ver a la gordita, por no permitirte tener noticias de ella durante tantos días. Lo sé, pero todo es tan duro, tan difícil, que también sé que vas a entenderme y perdonarme.
            Paso a contarte:
            El día que me escapé del hotelito de Barracas no tuve otra opción: aquel edificio estaba rodeado por Videlas. Sí, leíste bien: Videlas. Ya no era uno solo, sino no varios, todos iguales, todos alados y con miradas y garras extraterrestres. ¿Qué podía hacer yo allí? Los Videlas se pegaban a las ventanas, dejaban sus excrementos en los vidrios, chirriaban amenazantes, molestos.
            Tuve que irme. La prioridad era Simone, y yo no quería ponerla en peligro. Está tan hermosa la gordita, tan parecida a vos que yo la miraba y decía no, no puedo quedarme aquí, no puedo seguir desafiando tanto horror.
            Así que una noche agarré mis cosas y me fui. Como no sabía a dónde refugiarme (acercarme a vos o Cipe significaba ponerlos en peligro) anduve de barrio en barrio buscando un hotel que fuera como el de Barracas pero sin Videlas que lo atormentaran.
            Recién ayer lo encontré, y ahora que ya estoy instalada me decidí a escribirte.
            Aquí, en Liniers, todo es tan distinto... La gente habla de cosas que no entiendo. Dice Vélez Sarsfield, dice Versalles, dice Cayetano. Todo es tan raro aquí.
            En el remitente del sobre vas a encontrar el número de mi casilla de correo. Me encantaría que me escribieras. Me muero por saber de vos, de Cipe, de todos los nuestros. Los extraño tanto.
            Eso sí: te pido por favor que no intentes buscarme. Si bien aquí, por ahora, estamos libres de Videlas, no creo que sea conveniente que te arriesgues.
            Escribime. No hay nada que me haga más falta que tu escritura.
            Te amo,

                                                                          Natacha


PD: Ayer Simone dijo su primera palabra: Revolución, y hoy dijo la segunda: Papá.




XXXI

Locus amoenus 

 

 

           Desde que The Master recibió la carta, Liniers se convirtió para él en una suerte de paraíso terrenal en el que la posibilidad de encontrar a Natacha y a Simone acechaba en cada esquina, en cada vieja casa que tuviera pegada en su puerta un letrero con la palabra “Hotel” o “Pensión”. Cuando tenía tiempo, Cipe lo acompañaba en la búsqueda, y también solían acompañarlo los chicos del Cuarteto Zupay, el Tano Pagliaro y Miguel Cantilo.

            Muy pronto, aquel locus amoenus se transformó en locus exsilii, ya que, instigados por The Master y por Cipe, todos decidieron canjear el hotelito de Barracas por una pensión de Liñiers.
            A partir de entonces, los martes dejaron de ser del Sur y pasaron a ser del Oeste. Este cambio no sólo los benefició a nivel económico (Liñiers era más barato que Barracas) sino que también les sirvió para crecer culturalmente, pues al estar ahora ubicados en los bordes de la ciudad, poco les costaba cruzar La Gran Frontera (así llamaban ellos a la Av. General Paz) y tomar contacto con la provincia, con su gente, su barro, su cosmovisión, su cultura, sus miedos...
            El exilio ya no olía a la vieja Europa, sino que tenía el aroma joven, profundo y vital de Latinoamérica. 

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