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La carta de Natacha
Querido Themy:
Sé que aún estarás sorprendido por mi ausencia, tan abrupta y desconsiderada; sé que acaso estarás odiándome por privarte de ver a la gordita, por no permitirte tener noticias de ella durante tantos días. Lo sé, pero todo es tan duro, tan difícil, que también sé que vas a entenderme y perdonarme.
Paso a contarte:
El día que me escapé del hotelito de Barracas no tuve otra opción: aquel edificio estaba rodeado por Videlas. Sí, leíste bien: Videlas. Ya no era uno solo, sino no varios, todos iguales, todos alados y con miradas y garras extraterrestres. ¿Qué podía hacer yo allí? Los Videlas se pegaban a las ventanas, dejaban sus excrementos en los vidrios, chirriaban amenazantes, molestos.
Tuve que irme. La prioridad era Simone, y yo no quería ponerla en peligro. Está tan hermosa la gordita, tan parecida a vos que yo la miraba y decía no, no puedo quedarme aquí, no puedo seguir desafiando tanto horror.
Así que una noche agarré mis cosas y me fui. Como no sabía a dónde refugiarme (acercarme a vos o Cipe significaba ponerlos en peligro) anduve de barrio en barrio buscando un hotel que fuera como el de Barracas pero sin Videlas que lo atormentaran.
Recién ayer lo encontré, y ahora que ya estoy instalada me decidí a escribirte.
Aquí, en Liniers, todo es tan distinto... La gente habla de cosas que no entiendo. Dice Vélez Sarsfield, dice Versalles, dice Cayetano. Todo es tan raro aquí.
En el remitente del sobre vas a encontrar el número de mi casilla de correo. Me encantaría que me escribieras. Me muero por saber de vos, de Cipe, de todos los nuestros. Los extraño tanto.
Eso sí: te pido por favor que no intentes buscarme. Si bien aquí, por ahora, estamos libres de Videlas, no creo que sea conveniente que te arriesgues.
Escribime. No hay nada que me haga más falta que tu escritura.
Te amo,
Natacha
PD: Ayer Simone dijo su primera palabra: Revolución, y hoy dijo la segunda: Papá.
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