El setennauta
Viñas, Piero, The Master, Jaime Ross y Bonasso caminaban por una calle oscura cuando de pronto vieron a un hombre rubio de unos cincuenta años, bastante alto, que corría hacia ellos en calzoncillos.
—Muchachos, no se asusten... —les dijo el hombre, con voz desesperada. —Tienen que ayudarme... Estoy desesperado, no sé qué hacer...
Como en aquellos tiempos una escena como esa era frecuente, Viñas y compañía decidieron llevar al hombre a la casa de Cipe, que sin duda lo recibiría con los brazos abiertos.
—Quédese tranquilo—le dijo Viñas al hombre. —Puede confiar en nosotros. Somos conscientes de lo que pasa en el país. Sabemos todo acerca de las atrocidades que está cometiendo la dictadura. Soy David Viñas, escritor latinoamericano. Así que relájese, hombre, y cuente. ¿Qué vio? ¿Cómo hizo para escaparse? ¿Pudo ver a algún compañero?
—No sé de qué me está hablando —dijo el hombre. —Pero lo mío no se parece a nada de lo que usted pueda imaginarse. Yo soy Leonardo Simons, un animador de televisión. Sé que les va a sonar raro, que no van a creerme, pero necesito que me ayuden. Yo no soy de esta época... Quiero decir, sí, soy de esta época, pero también fui del futuro. Soy del futuro. O mejor dicho: ya no debería ser nada.
—Nosotros también nos sentimos así—dijo Viñas. —Pero no tenemos que darle el gusto al imperialismo. No debemos bajar los brazos.
—Mire— dijo Simons. —Yo sigo sin saber de qué me habla. Pero, por favor, déjeme que les cuente. Necesito que escuchen, que me comprendan y que me ayuden, si es que se me puede ayudar.
—Cuente nomás –-alentó Viñas.
—Bueno... Este... Lo que quería decirles es que yo soy animador de televisión. Que empecé en esta década, la del setenta, brillé en los ochenta y empecé a opacarme en los noventa. Un día, por razones particulares que no vienen al caso, decidí suicidarme. Y lo hice. Salté al vacío desde mi oficina, que queda en un décimo tercer piso y ...
—¿Y qué?— preguntó Piero, sucumbiendo a la ansiedad de aquellos días.
—Y no sé... —respondió Simons— aparecí acá. Salté al vacío y aparecí en los setenta.
Hubo un silencio general. Nadie le creía ni media palabra, pero por respeto latinoamericano y solidario decidieron darle una oportunidad.
—Sin embargo—dijo Marilina—, nada de lo que contó explica el hecho de que usted ande corriendo por la calle en calzoncillos...
—Es que —dijo Simons—, mi suicidio no fue tan fácil; algunos de mis empleados quisieron evitar que cayera al vacío y me agarraron de los pantalones. Como yo estaba decidido a seguir me desabroché el cinturón y listo, seguí viaje. Por eso estoy así. Calculo que los pantalones habrán quedado allá, en manos de mis empleados, en la década de los noventa.
Como en esos días todos andábamos con un bolso que contenía nuestras cosas más importantes por si de pronto teníamos que borrarnos del mapa, Viñas sacó un pantalón de su bolsito y se lo tendió a Simons.
—Tome— le dijo.
—Gracias —le respondió Simons. —Pero no puedo ponérmelos. Se ve que sólo puedo tener puesta la ropa que llevaba cuando me tiré.
—No sea loco, hombre —lo reprendió Viñas. —¿Qué está diciendo? No podemos perder más tiempo. Latinoamérica toda nos necesita.
—No estoy loco —se defendió Simons. —Mire.
El animador intentó ponerse los pantalones y era verdad: una fuerza extraña, invisible, se lo impedía. Viñas y Bonasso intentaron ayudarlo y comprobaron que era cierto.
—¿Vieron que no mentía?
Pero ya ninguno lo escuchaba. Tampoco lo miraban. Mejor dicho: no estaban. Se habían ido. Esfumado. Lo habían dejado solo.
En calzoncillos.
Y en plena dictadura.
VII
La solidaridad transatlántica
Tato Pavlovsky y el pelado del Cuarteto Zupay aparecieron con un ejercicio nuevo de psicodrama.
—Es un ejercicio solidario —dijo el pelado del Cuarteto. —Solidario con nuestros compañeros que están fuera del país... La idea que se le ocurrió a Tato es que un día por semana, o dos, actuemos, nos comportemos, suframos como si estuviéramos exiliados. Tato conoce un hotel de mala muerte en una parte de Barracas que se parece a París. Ahí podríamos hospedarnos durante ese día, para estar en condiciones similares a las de nuestros compañeros alejados del país... La idea es que no entremos en contacto con ningún familiar ni ningún amigo ni ningún conocido de acá de Buenos Aires. Y para solidarizarnos con aquellos que también están exiliados de su lengua, y deben moverse en medio de una lengua extraña, a Tato se le ocurrió que ese día, si tenemos que hacer alguna compra en algún negocio, no usemos el castellano. Ese día nos vamos a tener que hacer entender como podamos, con señas, con sonidos guturales, como nuestros compañeros.
Cipe fue la primera en decir que sí, que estaba de acuerdo.
—A mí el ejercicio que hicimos del voto me sirvió mucho —dijo—, fue muy fuerte, muy movilizante.
—Sí, a mí también me llegó mucho —coincidió Natacha.
—Es cierto —agregó Piero—, ese ejercicio tiene la onda del sol.
En fin, todos, incluidos The Master, estuvieron de acuerdo.
Y luego decidieron que el día elegido para el exilio sería el martes.
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