XVII
La unidad latinoamericana
En su desquicio, Natacha se propuso una tarde llevar al límite su compromiso con la unidad latinoamericana. Basta de palabras. Basta de tertulia. Había que actuar, y cuanto antes. Así que actuó.
Esa tarde caminaba sola por la plaza del Congreso, asustada porque presentía que Videla se le iba a aparecer en cualquier momento, cuando de pronto se cruzó con una familia de coyas que pedía limosna en uno de los bancos.
Natacha se acercó a ellos. Los saludó a cada uno con un beso en la mejilla. Eran cuatro, un matrimonio joven con dos hijos chicos.
—Soy Natacha —les dijo ella con voz solidaria. —¿Ustedes cómo se llaman?
—Rojas —dijo el hombre.
—¿Y vos? —le preguntó a la mujer.
—Rojas —dijo ella.
—Rojas y qué más.
—Rojas.
—¿Y ustedes? —les preguntó a los chicos.
—Rojas—dijeron a dúo.
—¿Rojas a secas? ¿Nada más que Rojas se llaman?
—Sí.
—¿Y cómo hacen para diferenciarse?
Entonces fue el hombre el que contestó:
—Nosotros no necesitamos diferenciarnos. Carecemos de ese egoísmo.
Natacha se quedó perpleja. Aquel hombre le había dado una gran lección. A ella, que se pasaba el día entero hablando de igualdad y de unidad. Era cierto. ¿Por qué tenían que diferenciarse?
—Quiero que vengan a vivir a mi casa —les dijo—, con mi pareja y mi hija Simone. Hay lugar de sobra para todos. ¿Les parece?
El hombre le respondió que sí.
Y los cinco abandonaron la plaza y descendieron la escalera de la boca del subte en silencio, unidos.
XVIII
Rojas
—Estás loca, Natacha –-le dijo The Master. —¿Cómo se te ocurre tomar semejante decisión sin consultarme?
—Pensé que no te ibas a oponer...., que no podías oponerte. Acá hay lugar de sobra para cuatro personas más... Nos va a hacer bien a todos... Necesitamos aprender mucho de ellos.
—¿Eso qué tiene ver? Lo que yo te estoy diciendo es que si vivo en esta casa tengo derecho a que me preguntes si quiero convivir con alguien más o no.
—No se trata de lo que queremos, sino de lo que debemos hacer. La Revolución , el Gran Cambio necesita de toda clase de sacrificios. Necesita de nuestra entrega.
—¿Y los martes? ¿Qué van a hacer los martes? ¿Se van a quedar acá? ¿Van a venir con nosotros al hotel de Barracas?
—Ellos no tienen por qué exiliarse. El país ya los ha maltratado bastante con la exclusión a las que los viene sometiendo desde siempre.
—¿Y se van a quedar solos?
—Sí, ¿por? ¿De qué tenés miedo? ¿De que nos roben? – Natacha clavó en él una mirada profunda. —No, quedate tranquilo. No van a robarnos... No van a robarnos porque todo lo que nosotros tenemos es también de ellos, es de todos... No se puede robar lo que es de uno.
The Master negó para sí mismo. ¿Hasta dónde iba a llegar Natacha? ¿Cuántas locuras más estaba dispuesto a tolerarle? Decidió ponerle un límite: lo de la familia coya era lo último. No iba a tolerarle otra locura más.
XIX
Amoq pacha
Los Rojas, los cuatro, ocuparon la habitación que sobraba. Eran silenciosos en extremo, casi mudos. Sólo se dirigían a The Master y a Natacha si ellos le preguntaban algo. En general, las respuestas no iban más allá del monosílabo o la frase unimembre. Eso sí, jamás estaban quietos: cuando no ayudaban a Natacha y a The Master con las cosas de la casa, fabricaban artesanías, instrumentos musicales, rezaban a sus dioses, que eran los mismos dioses de los Incas con el agregado de Jesucristo y
Natacha tuvo entonces una idea: le pedió a Rojas padre que, a cambio del hospedaje y la comida, ellos le enseñaran a hablar en quechua.
“Sí”, le respondió el jefe de la familia, y con una locuacidad inusitada le advirtió que, para aprender el quechua, había que aprender primero la estructura de la lengua, su gramática. El hombre fue a la habitación en donde estaban sus cosas y regresó con un diccionario y un manual de morfosintaxis quechua para que Natacha lo fuera hojeando.
Empezaron con las clases al día siguiente. Rojas lo invitó a The Master a participar, pero él se negó porque decía no tener facilidad para los idiomas. De modo que la única en tomar las clases fue Natacha.
La primera expresión que Rojas le enseñó fue “Amoq pacha”, que significa “porvenir”, “futuro”.
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