XXXVI
Primavera
Mi novela setentista termina un día soleado de 1983.
Termina el mismo día que Natacha y The Master vuelven a verse, después de tantos años.
Afuera, un grupo nutrido de jóvenes de izquierda avanza convocando por altoparlantes a votar con conciencia.
Bombos y pancartas. Cánticos murgueros.
Natacha, que ahora observa ese río democrático con ojos sanos, a salvo de las horribles alucinaciones que tanto la han perturbado, le pide un cigarrillo a The Master.
The Master va hacia ella. Los dos están desnudos, frente a la ventana. Jamás imaginaron un día tan soleado, tan despiadadamente primaveral como este, un día tan despiadadamente hermoso.
—Dictadura militar/La vergüenza nacional... —cantan los jóvenes ahí afuera, en la calle.
Natacha y The Master miran. Durante unos instantes, cada uno se pierde en los dolorosos recuerdos que la dictadura ha dejado detrás de sus ojos; se pierden en las melodías susurradas en ronda, en las imágenes del exilio lluvioso y los hotelitos de mala muerte, en las caricias temblorosas con las que trataron de aferrarse a sus cuerpos, a la belleza de sus cuerpos, a la juventud que se les iba arrastrada por la crueldad de las pesadillas, la crueldad de los sueños, entre tanta pena y tanta violencia y tanto amor...
—Ganamos— dice ella o él. —Simone va a tener el país que queríamos para ella. El país que soñábamos.
Y entonces se besan como si sólo hubieran sido hechos para eso, para besarse así, largamente, frente a la ventana limpia de exilio y aturdida de primavera y de cantos ardientes de pájaros y jóvenes.
Y siguen besándose en silencio hasta que mi novela setentista, preñada de sol, llega con algunos años de retraso a su bendito fin.
FIN
Leí toda la novela otra vez, pero sigo sin entender nada. Me gustaría que estuviera mi papá para explicarme. Por suerte estoy por quedarme sin laburo y podré dedicar más tiempo a una segunda relectura
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